Una corta historia de la traducción y de los traductores

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Por Marie Lebert (texto) y Anna Alvarez (traducción), 25 de marzo de 2022.

Los traductores y traductoras desempeñan desde siempre un papel importante en la sociedad. Los traductores medievales, por ejemplo, contribuyeron al desarrollo de las lenguas modernas. Siglo tras siglo los traductores y traductoras siguieron teniendo un papel relevante al dar forma a los idiomas y a las culturas. Wikipedia ha sido muy útil para redactar este artículo. Véase también nuestra historia de la traducción [ebook].


* [versión inglesa]
* [versión francesa]


En la antigüedad

La traducción al griego de la Biblia hebrea se considera como la primera traducción de gran alcance del Occidente, en el siglo 3 AEC. Esa traducción griega se conoce como la “Septuaginta”, cuyo nombre remite a los setenta eruditos solicitados para traducir la Biblia hebrea en Alejandría, Egipto. Cada traductor trabajó solo, recluido en su celda, y sin embargo, según la leyenda, las setenta versiones resultaron idénticas.

En el siglo 2 AEC, el dramaturgo romano Terencio traduce y adapta comedias griegas al latín. Ya se comenta entonces el papel del traductor como puente para “traspasar” valores entre culturas.

Cicerón advierte famosamente contra la traducción ”palabra por palabra” (”verbum pro verbo”) en su obra “El Orador” (“De Oratore”, 55 AEC): ”No pensé que debería contárselas [las palabras] al lector como monedas, sino pagarlas por peso, por así decirlo.” Hombre de estado, orador, abogado y filósofo, Cicerón también fue traductor del griego al latín. Solía comparar al traductor con un artista.

El debate entre traducción “sentido por sentido” y traducción “palabra por palabra” se remonta a la antigüedad. Jerónimo (más conocido como San Jerónimo) acuña el término “sentido por sentido” en su “Carta a Pamaquio” en el año 396. Autor de una traducción latina de la Biblia conocida como la “Vulgata”, Jerónimo afirma que el traductor ha de traducir ”no palabra por palabra sino sentido por sentido” (”non verbum e verbo sed sensum de sensu”).

Kumārajīva, monje budista y erudito, fue un traductor prolífico. Tradujo al chino textos budistas redactados en sánscrito, una tarea monumental llevada a cabo al final del siglo 4. Su obra más famosa es la traducción del “Sutra del diamante”, un sutra majaiana de mayor influencia en Extremo Oriente, que se ha convertido en un objeto de devoción y de estudio en el budismo zen. La British Library atesora un ejemplar tardío de la edición china del “Sutra del diamante” (fechada en 868). Según indica el sitio web, es “el más antiguo ejemplar completo de un libro impreso que se haya conservado hasta hoy”. Las traducciones nítidas y sin rodeos de Kumārajīva pretenden más bien transmitir el sentido que proporcionar una traducción literal precisa. Han influido profundamente en el budismo chino y siguen siendo más populares que otras traducciones posteriores, más literales.

La expansión del budismo impulsa esfuerzos de traducción a gran escala durante más de un milenio en todo el continente asiático. Algunas obras de mayor importancia se traducen en un tiempo relativamente corto. Los tangut, por ejemplo, traducen en unas pocas décadas obras que los chinos habían tardado siglos en traducir. Algunas fuentes contemporáneas describen al emperador y a su madre participando personalmente en la tarea de traducción, junto con sabios de varias nacionalidades.

Tras la conquista del imperio griego, los árabes también emprenden proyectos de traducción a gran escala, con el fin de difundir versiones arábigas de todas las obras filosóficas y científicas griegas de mayor alcance.

En la Edad Media

El latín fue la lengua franca del Occidente durante toda la Edad Media. Por lo tanto, pocas obras latinas se tradujeron a lenguas vernáculas.

Al final del siglo 9, Alfredo el Grande, rey de Wessex, en Inglaterra, se adelanta a su tiempo al encargar traducciones del latín al inglés de dos obras de mayor importancia: la “Historia eclesiástica del pueblo inglés” de Beda y la “Consolación de la filosofía” de Boecio. Esas traducciones contribuyen a mejorar la prosa inglesa, por entonces poco desarrollada.

En los siglos 12 y 13, la Escuela de Traductores de Toledo se convierte en un punto de convergencia para los eruditos europeos. Éstos viajan a Toledo o incluso se establecen en Toledo para traducir destacadas obras filosóficas, religiosas, científicas y médicas del árabe y del griego al latín. En la Europa medieval, Toledo es una de las pocas ciudades donde un cristiano pueda estar en contacto con la lengua y la cultura árabes.

Roger Bacon, erudito inglés del siglo 13, es el primero en subrayar que un traductor ha de tener un conocimiento exhaustivo tanto de la lengua origen como de la lengua meta para realizar una buena traducción, además de estar versado en la disciplina de la obra traducida.

Las primeras traducciones notables al inglés son las de Geoffrey Chaucer, en el siglo 14. Chaucer encabeza una tradición poética inglesa basada en traducciones o adaptaciones de obras literarias en latín y en francés, dos lenguas que por aquel entonces estaban mejor establecidas que el inglés.

En el ámbito religioso, la gran traducción de la época es la “Biblia de Wycliffe” (1382-1384), así llamada por John Wycliffe, el teólogo quien tradujo la Biblia del latín al inglés.

En el siglo 15

El viaje del filósofo bizantino Jorge Gemisto Pletón a Florencia, Italia, despierta un interés renovado por la sabiduría griega en Europa occidental. Jorge Gemisto Pletón reintroduce el pensamiento de Platón durante el Concilio de Florencia (1438-1439). Allí conoce a Cosme de Medici, dirigente de Florencia y patrocinador del conocimiento y de las artes de la ciudad. Aquel encuentro impulsa la creación de la Academia Platónica en Florencia. Bajo el liderazgo del erudito y traductor italiano Marsilio Ficino, la Academia Platónica lleva a cabo la traducción al latín de la obra completa de Platón, de las “Enéadas” del filósofo Plotino y de otras obras neoplatónicas.

La obra de Marsilio Ficino –y la edición latina del Nuevo Testamento por Erasmo– acarrean un cambio de actitud respecto a la traducción. Por primera vez, los lectores piden rigor y exactitud en la traducción de las palabras de Platón, de Jesús, de Aristóteles y de otras figuras, ya que esas palabras constituyen la base de sus propias creencias filosóficas y religiosas.

Gran obra en prosa inglesa, “Le Morte d’Arthur” (1485) de Thomas Malory es una traducción libre de las novelas arturianas, que relatan las aventuras del leyendario rey Arturo y de sus compañeros Ginebra, Lancelot, Merlín y los Caballeros de la Mesa Redonda. Thomas Malory traduce y adapta historias francesas e inglesas ya existentes, incorporando también elementos propios, por ejemplo, la historia de Gareth, presentada como una aventura más de los Caballeros de la Mesa Redonda.

En el siglo 16

La literatura no erudita sigue recurriendo en gran medida a la adaptación. Los poetas de la dinastía Tudor y los traductores de la época isabelina adaptan temas de Horacio, de Ovidio, de Petrarca y de otros autores, a la vez que inventan un nuevo estilo poético. Poetas y traductores procuran acomodarse al gusto de un nuevo público surgido con el desarrollo de la clase media y el de la imprenta, proponiendo ”obras tales como las hubiesen escrito sus autores si hubiesen escrito en Inglaterra en aquella época” (Wikipedia).

El “Nuevo Testamento de Tyndale” (1525) es considerado como la primera traducción notable del período Tudor. Lleva el nombre de William Tyndale, el erudito inglés quien llevó a cabo la mayor parte de la traducción. Es la primera vez que la Biblia se traduce directamente del hebreo y del griego. Después de traducir todo el Nuevo Testamento, Tyndale empieza a traducir el Antiguo Testamento, y finaliza la mitad del proyecto. Llega a ser una figura destacada de la Reforma protestante antes de ser condenado a muerte por posesión ilícita de una versión inglesa de las Sagradas Escrituras. Tras la muerte de Tyndale, uno de sus ayudantes acaba la traducción del Antiguo Testamento. La “Biblia de Tyndale” se convierte en la primera traducción inglesa de la Biblia producida en masa en la imprenta.

Al final de su vida, Martín Lutero, profesor de teología alemán y figura trascendente de la Reforma protestante, se propone traducir la Biblia al alemán. La publicación de la “Biblia de Lutero” en 1522-1534 tiene parte en el desarrollo de la lengua alemana moderna.

A continuación, la “Biblia de Lutero” iba a tener efectos duraderos sobre la religión, pues las discrepancias en la traducción de palabras y de fragmentos capitales contribuyeron en cierta medida a la división de la cristiandad occidental entre catolicismo apostólico romano y protestantismo.

Lutero fue el primer erudito europeo en afirmar que uno solo puede traducir de manera satisfactoria hacia su propio idioma. En aquel momento, aquélla parecía una afirmación atrevida. Sin embargo, acabó convirtiéndose en norma dos siglos más tarde.

La “Biblia de Jakub Wujek” (“Biblia Jakuba Wujka”, 1535), traducción de la Biblia al polaco, y la “Biblia del Rey Jacobo” (“King James Bible”, 1604-1611), traducción de la misma al inglés, tuvieron efectos duraderos en la lengua y la cultura de Polonia y de Inglaterra.

En el siglo 16, la Biblia se traduce al holandés, al francés, al español, al checo y al esloveno. La edición holandesa es publicada en 1526 por Jacob van Liesvelt. La edición francesa es publicada en 1528 por Jacques Lefevre d’Étaples (también conocido como Jacobus Faber Stapulensis). La edición española es publicada en 1569 por Casiodoro de Reina. La edición checa es publicada en 1579-1593. La edición eslovena es publicada en 1584 por Jurij Dalmatn.

Todas esas traducciones impulsan el uso de las lenguas vernáculas en la Europa cristiana y contribuyen al desarrollo de las lenguas europeas modernas.

En el siglo 17

El gran escritor español Miguel de Cervantes, conocido en toda Europa por su novela “Don Quijote” (1605-1615), ha expresado su punto de vista sobre el proceso de traducción. Según Cervantes, las traducciones de su época (con excepción de las traducciones del griego al latín) son “como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen, y no se ven con la lisura y tez de la haz.”

En la segunda mitad del siglo 17, el poeta y traductor inglés John Dryden procura hacer que Virgilio hable ”con las palabras que probablemente hubiera usado si hubiera vivido la vida de un inglés”. Dryden también observa que ”la traducción es una especie de dibujo del natural”, equiparando al traductor con un artista, así como lo había hecho Cicerón varios siglos antes.

A Alexander Pope, otro poeta y traductor inglés, se le acusa de haber querido reprimir el “paraíso salvaje” de las epopeyas de Homero al traducir al inglés la “Ilíada” y la “Odisea”. Pese a las críticas, sus traducciones no dejan de convertirse en superventas.

Se afinan las nociones de fidelidad y de transparencia, presentadas como dos ideales para el traductor, según Wikipedia. La fidelidad es la medida en que una traducción reproduce con exactitud el significado del texto origen, sin distorsiones, teniendo en cuenta el propio texto (tema, tipo y uso), sus cualidades literarias y su contexto social o histórico. La transparencia es la medida en que el resultado final de una traducción constituye un texto autónomo que bien hubiera podido ser redactado en el idioma del lector y respeta la gramática, la sintaxis y el estilo de dicho idioma. De hecho, una traducción transparente se suele calificar de idiomática.

En el siglo 18

Según Johann Gottfried Herder, crítico literario y teórico del lenguaje alemán, un traductor ha de traducir hacia su propio idioma (y no desde éste), como ya lo había resaltado dos siglos antes Martín Lutero – Lutero fue el primer erudito europeo en formular semejante opinión. En su “Tratado sobre el origen del lenguaje” (1772), Herder sienta las bases de la filología comparada.

Sin embargo, aún no existe mucho interés por la exactitud. ”A lo largo del siglo 18, los traductores tuvieron como mayor preocupación la facilidad de lectura. Omitían todo lo que no entendían de un texto o lo que les parecía que podía aburrir al lector. Asumían sin más que su propio estilo era el mejor y que los textos debían ajustarse a él en la traducción. Incluso tratándose de textos eruditos, con excepción de la traducción de la Biblia, no demostraron más escrúpulos que sus predecesores ni dudaron en traducir desde idiomas que apenas conocían” (Wikipedia).

En aquella época, los diccionarios y tesauros no se consideran herramientas adecuadas para los traductores. En su “Ensayo sobre los principios de la traducción” (1791), el historiador escocés Alexander Fraser Tytler recalca que la lectura asidua es de más utilidad que el uso de diccionarios. El poeta y gramático polaco Onufry Andrzej Kopczyński había expresado la misma opinión unos años antes, en 1783, subrayando además la necesidad de que el traductor estuviera expuesto a la lengua hablada.

El enciclopedista polaco Ignacy Krasicki describe el papel especial del traductor en la sociedad en un ensayo póstumo titulado “Sobre la traducción de libros” (1803). Krasicki era también novelista, poeta, fabulista y traductor. En su ensayo, escribe que ”la traducción es de hecho un arte estimable y muy difícil, y por lo tanto no es el trabajo y la porción de las mentes comunes; solo la deben ejercer aquellos que sean ellos mismos capaces de ser actores, cuando ven mayor utilidad en traducir las obras ajenas antes que las suyas propias, y valoran por encima de su propia gloria el servicio que prestan a su país.”

En el siglo 19

Aparecen nuevas normas de fidelidad y estilo. Respecto a la fidelidad, la norma pasa a ser “el texto, todo el texto y nada más que el texto (con excepción de los fragmentos indecorosos) y la adición de extensas notas explicativas a pie de página” (en J.M. Cohen, entrada “Translation” en la “Encyclopedia Americana”, 1986, vol. 27). En cuanto al estilo, el objetivo es recordar continuamente a los lectores que están leyendo un clásico extranjero.

La traducción y adaptación de poemas persas por el escritor y poeta inglés Edward FitzGerald constituye una excepción. Su libro “Los Rubaiyat de Omar Jayam” (1859) ofrece una selección de poemas de Omar Jayam, poeta, matemático y astrónomo del siglo 11. Hoy día, la traducción libre de FitzGerald del persa al inglés sigue siendo la más famosa de los poemas de Omar Jayam, a pesar de que se hayan publicado otras traducciones más recientes y más fieles.

El teólogo y filósofo alemán Friedrich Schleiermacher, destacada figura del romanticismo alemán, desarrolla por primera vez la teoría de la traducción “no transparente”. En su conferencia seminal “Sobre los diferentes métodos de traducir” (1813), Schleiermacher distingue entre los métodos de traducción que acercan el autor al lector, es decir la transparencia, y aquellos que llevan al lector hacia el autor, es decir una gran fidelidad a la extranjería del texto origen. Schleiermacher se inclina por este último enfoque. Esta distinción entre “domesticación” (acercar el autor al lector) y “extranjerización” (llevar al lector hacia el autor) inspiró a eminentes teóricos del siglo 20, entre los cuales Antoine Berman y Lawrence Venuti.

Yan Fu, erudito y traductor chino, desarrolla en 1898 su teoría de la traducción de tres facetas: fidelidad, es decir, ser fiel al original en cuanto al espíritu; expresividad, es decir, ser comprensible para el lector de destino; y elegancia, es decir, estar escrita en un lenguaje “educado”. La teoría de la traducción de Yan Fu se basa en su propia experiencia en la traducción de obras de ciencias sociales del inglés al chino. De esos tres principios, Yan Fu considera que el más importante es el segundo, pues si el significado del texto traducido permanece incomprensible para el lector, haber traducido el texto o no haberlo traducido viene a ser lo mismo. Según Yan Fu, para facilitar la comprensión, se puede cambiar el orden de las palabras, sustituir los ejemplos chinos por ejemplos ingleses y traducir los nombres de personas al chino. Su teoría ha tenido mucha repercusión por el mundo, aunque a veces se ha extendido equivocadamente a la traducción de obras literarias.

Las traductoras permanecieron durante siglos en el anonimato o escondidas detrás de un seudónimo masculino. Con el pasar del tiempo, empiezan a firmar sus traducciones con sus propios nombres. Algunas ya no se limitan a la obra literaria, sino que también luchan por la igualdad de género, la educación y los derechos sociales de las mujeres, el sufragio femenino y el abolicionismo.

En el siglo 20

Aniela Zagórska, traductora polaca, traduce entre 1923 y 1939 casi toda la obra de su tío Joseph Conrad, novelista polaco-británico de expresión inglesa. En opinión de Conrad, la traducción, al igual que otras artes, supone una elección, y esa elección implica una interpretación. Más tarde Conrad le aconsejaría a su sobrina: “No seas demasiado escrupulosa. Te diré que en mi opinión es mejor interpretar que traducir. Se trata, pues, de encontrar expresiones equivalentes. Y en eso, querida, te ruego que te dejes guiar por tu temperamento más que por una consciencia estricta” (citado en Zdzisław Najder, “Joseph Conrad: A Life”, 2007).

El escritor, ensayista y poeta argentino Jorge Luis Borges fue también un eminente traductor de obras literarias del inglés, francés y alemán al español. En la década de los 1960, traduce –transformándolas sutilmente– obras de William Faulkner, André Gide, Hermann Hesse, Franz Kafka, Rudyard Kipling, Edgar Allan Poe, Walt Whitman y Virginia Woolf, entre otros. Borges escribió copiosamente y dio muchas conferencias sobre el arte de la traducción, sosteniendo que “una traducción puede superar el original, no tiene por qué serle fiel, y que interpretaciones alternativas y potencialmente contradictorias de la misma obra pueden ser igualmente válidas” (Wikipedia).

Otros traductores realizan adrede traducciones literales, especialmente los traductores y traductoras de obras religiosas, históricas, académicas y científicas. Se ciñen al texto original, llegando a veces a los límites de la lengua meta y proponiendo una traducción no idiomática.

En la segunda mitad del siglo 20 aparece una nueva disciplina denominada traductología (Translation Studies). El término “Translation Studies” lo acuña James S. Holmes, un poeta y traductor de poesía estadounidense-holandés en su artículo seminal “The Name and Nature of Translation Studies” (1972). A la vez que escribe sus propios versos, James S. Holmes traduce al inglés numerosas obras de poetas holandeses y belgas. Es contratado como docente en el nuevo Instituto de Intérpretes y Traductores creado en 1964 por la Universidad de Ámsterdam.


Copyright © 2021-2022 Marie Lebert (texto) y Anna Alvarez (traducción)
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Written by marielebert

2021-08-15 at 07:18

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