Desde París hasta San Francisco en un ebook

Por Marie Lebert, febrero de 2013.

Traducido del francés por Alicia Simmross.

Doce años de aventuras que han servido para escribir algunos libros —es decir, algunos ebooks sobre el ebook (ya sea sobre el libro digital o bien sobre el aparato para poder leerlos)—. Cien entrevistados. Sin presupuesto. Y, finalmente, a modo de conclusión, estas líneas, con una versión francesa en ActuaLitté.


Todo empezó con mi tesis de doctorado en la Sorbona; tesis que dicha universidad había registrado como De la imprenta hasta Internet, pero que en realidad llevaba el título de Del impreso a Internet. «El internet» todavía no llevaba el artículo delante ni usaba minúscula, pero ya faltaba poco para que se convirtiese en un nombre común. Estábamos en el año 2000.

Aunque, en realidad, todo había comenzado dos años antes mientras mantenía conversaciones con profesionales de la industria del libro en distintas partes del globo —en territorios francófonos, por supuesto, aunque también en el mundo anglófono—. Bibliotecarios, libreros, editores, autores, periodistas, profesores, investigadores, lingüistas, etc. Algunos de ellos se convirtieron en amigos. Otros terminaron creando proyectos juntos. El internet y el libro digital hacían su aparición en nuestro planeta, generando a su paso entusiasmo o pánico.

Gracias a Olivier Bogros —un destacado bibliotecario—, que hizo de intermediario, pude publicar esta serie de entrevistas en el NEF (Net des études françaises – Red de los estudios franceses), red creada por Russon Woolbridge, profesor de la Universidad de Toronto, al cual también tuve la oportunidad de entrevistar. El proyecto continuó en el NEF a lo largo de los años, en forma de artículos, de informes, de libros electrónicos y de un diccionario.

La pregunta que todo el mundo me hace, sobre todo en Norteamérica, es: «¿Qué presupuesto tenía para hacer esta investigación?». Mi respuesta siempre es sincera: «Cero dólares», y no es por no haber buscado financiamiento. Recorrí Francia, Europa, los Estados Unidos y el mundo entero (virtualmente, en este último caso) sin éxito.

Contrariamente a mí, Olivier y Russon sí recibían un buen sueldo por su función pública. Los otros miembros del NEF también. Algunos pensaron que mi proyecto estaba financiado justamente por el NEF, pero esto nunca fue así. El NEF se limitaba a «colgar» los archivos —nuevos o actualizados— que yo les enviaba por correo.

A falta de algo mejor, autofinanciaba mi proyecto haciendo traducciones. No era nada fácil, por no decir difícil, pero estaba motivada y las personas a las que entrevistaba también; era la belle époque del internet en donde todo era posible, incluso para los que no teníamos «ni un duro».

Ya que se trataba de un proyecto mundial, que estaba más allá de las fronteras, lo redacté en francés y también en inglés y en español, evitando la jerga universitaria tan apreciada en el ámbito administrativo y utilizando un estilo simple, periodístico podríamos decir (término utilizado por un profesor de la Sorbona que tomé por un cumplido).

Por supuesto, yo por mi lado sí que les pagaba a las personas que corregían mi pasable nivel de inglés (que ha mejorado mucho desde entonces) y mi también pasable español (el cual continúa mejorándose). No creo en las virtudes del voluntariado; cualquier trabajo merece una renumeración, aunque sea modesta. Un intercambio de servicios también puede llegar a servir.

Obtuve, yo sola, una tarjeta verde para poder trabajar en los Estados Unidos y así logré pasar unos cuantos años, bastante increíbles, en San Francisco. Allí conocí a gente que realmente hacía cosas y que no hablaba por hablar: sitios web gratuitos para leer y estudiar sin tener que preocuparse por su precio, ya fuese en medio del campo o clavado en una cama; bibliotecas enteras con costos mínimos en zonas pobres, ya fuese en los países (a los que se les llama) desarrollados o en países en vías de desarrollo; acceso a libros para personas ciegas e invidentes, o sea, acceso a todos los libros y ya no solo, como ocurría antes, a 5% de estos. Tres tipos de proyecto entre muchos otros, menos mediáticos que Amazon o la Fnac, ¡pero realmente muy útiles!

Mientras tanto, seguí buscando métodos para financiar mi proyecto, también sin demasiado éxito. Un profesor de la universidad de Berkeley (California) me llamó «exótica» y me aconsejó ir a investigar las posibilidades que podía haber en Luisiana (¿?). No tenía suerte; quería quedarme en San Francisco. En aquella época, en SF (iniciales de San Francisco pero también las de ciencia ficción en inglés) pasaba de todo, y en Silicon Valley también. (Actualmente, es en París donde pasa de todo.)

No hace falta ser Robert Langdon (héroe de las novelas de Dan Brown) para tener una excitante vida de investigadora.

Vi el primer ebook del mercado (la primera máquina para leer libros electrónicos), el Rocket eBook de NuvoMedia, que justo «venía saliendo de las probetas» de un modesto edificio de Palo Alto, en el corazón de Silicon Valley.

Trabajé en el primer netbook que hubo disponible en el mercado, que fue el primer Eee PC d’Asus, el cual se agotó en tan solo unas horas en San Francisco y que una vendedora tuvo la bondad de guardarme en un armario ya que yo iba a llegar tarde para poder conseguir alguno. Su precio desafiaba cualquier competencia que pudiese tener en ese entonces —creo que costaba unos 300 dólares—; ideal para mi pobre presupuesto.

Vivía en el barrio latino con un grupo de ciclistas, lo que me permitía tener un alquiler asequible, y debía apartar las piezas de moto de la mesa común cada vez que quería utilizar mi portátil. Cuando el número de decibeles era exagerado, me iba a trabajar a mi café preferido o simplemente iba afuera, gracias a los puntos de acceso wifi que poblaban la ciudad.

Cuando teníamos hambre, bastaba con tender la mano —y unos cuantos dólares— para poder comer unos burritos o tacos, vegetarianos o no, con un té o una cerveza mexicana, dependiendo de la hora que fuese.

Al contrario que Robert Langdon, investigador de Harvard con el sueldo correspondiente, yo no necesitaba mucho para vivir y tampoco necesité resolver crímenes para conocer a personas increíbles. Tuve la suerte de entrevistar a Jean-Paul, un autor hipermedia que estaba explorando nuevos territorios virtuales, o a Nicolas Pewny, editor y consultor en edición electrónica, o a Henk Slettenhaar, profesor de tecnologías de la información. Tres entre tantos otros.

También tuve la suerte de ver transformado uno de mis ebooks en un PDF ilustrado e interactivo increíble, gracias a Marc Autret, con varios «niveles de lectura»; una experiencia inédita hasta ese momento. Igualmente, tuve la suerte de trabajar con Anna Álvarez y Alicia Simmross en mis ebooks en español.

Ya que el NEF no estaba cumpliendo su rol de red de contactos, limitándose tan solo a tener el papel de archivo abierto, debí despedirme de él antes de que mi agotamiento fuese total. Pensando hacer lo correcto, Olivier Bogros me incitaba a continuar (¿acaso no había sido suficiente con nueve años?), sin por esto proponerme su ayuda; pero mi respuesta fue negativa ya que la perseverancia también tiene sus límites.

Entonces, algunas personas del Proyecto Gutenberg me echaron una mano (gracias, Michael Hart; gracias, Al Haines); jamás podré agradecérselo suficientemente. También ActuaLitté, de hecho (gracias, Nicolas Gary), al empezar a publicar mis artículos.

Para los libros ya no necesitaba codificar las páginas en HTML; enviaba mis documentos a Al Haines en formato texto y de ahí salían en diversos formatos. Un sueño hecho realidad. Otras bibliotecas pudieron usarlos (ese era uno de mis objetivos al escribir) y cualquier persona pudo (y puede todavía) descargarlos en un ordenador, en un smartphone o en una tableta.

Como sabemos (casi) todos, la difusión gratuita del conocimiento necesita a toda costa financiamiento previo. La benevolencia corresponde al pasado —a los comienzos de este tercer milenio— en donde se empezaban los proyectos como voluntario al mismo tiempo que se buscaba el financiamiento. «Solo menos de la mitad de la web es comercial, y el resto funciona con la pasión», escribía la publicación mensual Wired en agosto 2005.

Por supuesto que a los investigadores se les debe pagar, al igual que a los autores, a los periodistas y a los traductores. Si cada vez somos más los que ponemos nuestros artículos a disposición de todo el mundo —gracias a la fantástica herramienta de difusión que es el internet—, nosotros también necesitamos ganarnos la vida.

Doce años después de mi paso por la Sorbona, este proyecto de investigación ha concluido. Esta vez sí que sí. Me despido entonces para poder entablar nuevas aventuras (esta vez, evidentemente, financiadas).

Para más detalles

Bibliografía personal
Un relato del proyecto en francés
Un relato detallado del proyecto en inglés


Copyright © 2013 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/04/22 at 14:33

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