Luna [6] Ratones sobre la alfombrilla

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Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el sexto cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


Nicolás y Morfeo trabajaban ahora en la ciudad más high-tech del mundo. Con el paso del papel a la pantalla, las bibliotecas se estaban ampliando a dimensiones mundiales, y sus paredes beiges o grises estaban siendo reemplazadas poco a poco por pantallas numéricas.

Sin embargo, los libros impresos tenían que seguir estando ordenados y a veces se les sometía a una espantosa falta de aire. De vez en cuando se podía asistir a escenas totalmente asombrosas: un día cualquiera, un lector, al ver asfixiarse el libro que estaba buscando, irremediablemente acorralado por dos libros gordos que brillaban estúpidamente, fue a tomar el mango de madera de su paraguas para eyectar así el deseado libro y devolverle su libertad; libertad desgraciadamente provisoria hasta pasar a registrarlo en la oficina de préstamos y ser almacenado enérgicamente en la mochila de su lector.

También se podían ver a entusiastas lectores sudando la gota gorda por el esfuerzo que exigía la extracción de libros en condiciones similares, o los que estaban situados en los pisos superiores de los estantes y —en casos extremos— lograban catapultar al lector en la estantería del frente. En el peor de los casos, esta estantería vacilaba y se caía, y de nuevo le tocaba al bibliotecario recoger y volver a clasificar todo; otra contundente prueba de que la informática no resolvería todos los problemas.

Además, no eran solamente los lectores los que se peleaban con libros demasiado apretujados, sino también los bibliotecarios, ya que ellos debían sacarlos por filas enteras, fila por fila, para después apilarlas antes de incluirlas en las bases de datos.

Efectivamente, las bases de datos se habían convertido en una pasión para esta profesión. Todas las bibliotecas querían unas, y esto en todas las regiones del mundo. Incluso trabajando día y noche, a Morfeo, a Nicolás y a los demás les costaba llevar el ritmo, y eso que justamente el ritmo debía ser mantenido para satisfacer a todo el mundo.

Al comienzo no fue fácil crear las bases de datos e ingresar en ellas todos los libros, forzando a veces un poco la situación según la necesidad. Otras veces las bases de datos se atascaban en los ordenadores, y recíprocamente, tanto así que no funcionaban bien, o que no funcionaban para nada. Las bases de datos veían a las pilas de libros derrumbarse, quedar destrozadas, incluso antes de haber sido ingresadas en la máquina; una reacción sin duda totalmente comprensible.

Peor aún, las bases de datos también veían a los bibliotecarios suspirar frente a tanto trabajo y tantos problemas. Algunos de estos, con exceso de trabajo, tenían los nervios a flor de piel, otros tenían los ojos húmedos y los más sensibles lloraban como locos. En esa época, el rol de los ordenadores era crear problemas y no resolverlos. Cada uno se las arreglaba como podía, con mucho té y café. Los informáticos, colapsados, corrían de un ordenador a otro expresándose en una jerga que nadie entendía.

Los cimientos de las bases de datos eran muy poco seguros al comienzo, y esto duró algún tiempo, algunos decían incluso que mucho tiempo. Y después las cosas se arreglaron y todo el mundo se fue acostumbrando. Los libros entraban en el molde, y los bibliotecarios también. Los ordenadores se fueron volviendo menos gruesos y menos feos; lo que no echaba nada a perder.

Los informáticos seguían estando muy nerviosos, pero ya no estaban completamente colapsados como al principio. Varios bibliotecarios entendían ya su galimatías, el cual había dejado de ser uno para pasar a ser su lenguaje técnico.

Y así fue cómo los informáticos se convirtieron en gente muy zen que se expresaba en una lengua totalmente comprensible para los mortales. Los bibliotecarios surfeaban sobre las bases de datos con una facilidad alucinante, que podía ahora compararse sin ningún temor a los arabescos que los surferos no virtuales hacen sobre las gigantescas olas del océano Pacífico.

En cuanto a los ratoncitos, ahora reposaban sobre una pequeña alfombrilla, gomosa o no. Ya no se les echaba a escobazos como antaño, ni se acorralaba a los más tercos con trampas de diferentes tamaños. Esta época —ahora calificada, según las fuentes, como medieval o prehistórica— ya pertenecía al pasado; se había cumplido totalmente. Los ratones también podían pasar desapercibidos integrándose en los teclados, sobre todo en los de los ordenadores portátiles, y sin tener que esconderse para llevar una vida subterránea, al contrario de lo que hacían las generaciones anteriores. En cuanto a los ratones amantes de la independencia, optaron por ser inalámbricos.

Las alfombras marroquíes ya no se ubicaban solo bajo los cajones del catálogo en papel de la biblioteca; catálogo ahora totalmente caduco pero que algunos seguían guardando nostálgicamente al recordar todas esas fichas Bristol pacientemente mecanografiadas a lo largo de días, semanas, meses y años —lo que representaba a veces décadas de esfuerzos—.

La alfombrilla, marroquí o no, estaba ya sobre la mesa, y el ratón se desplazaba por esta —discreta u orgullosamente según los modelos; algo impensable antes—, cerca de la taza de café de Morfeo y de la taza de té de Nicolás.

Además, los libros digitales estaban invadiendo el mundo y los lectores los leían ahora en sus teléfonos inteligentes o en sus tabletas. Tarde o temprano, tanto los ratones como las alfombrillas caducarían también. Este panorama entusiasmaba a Morfeo y a Nicolás, quien ya tenía ganas de ponerse en marcha y seguir adelante.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 09:01

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