Luna [5] Dos veces dos pollitos

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Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el quinto cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


Morfeo debía su nombre al dios de los sueños, hijo de Sueño y de Noche. A pesar de la típica falta de cultura de las generaciones que prefieren el internet y el libro hipertextual a las silenciosas salas de una biblioteca y a los clásicos de la literatura universal, su madre sabía bien que Morfeo era el nombre de un dios de la mitología griega, y no de una diosa. A pesar de esto, se había dado la libertad de ponerle un bonito nombre masculino a su hija, para de esta manera incitarla a dormir cuando era bebé, pensando que el dios del mismo nombre no se lo tendría en cuenta.

Morfeo había crecido entre libros y relatos de viajes, y más tarde ella misma se había puesto su mochila para ir a recorrer el mundo. Tras recorrer varios miles de kilómetros, decidió detenerse durante algún tiempo en una ciudad considerada por algunos como el ombligo del mundo y por otros como el centro del planeta.

La informática había invadido el mundo y los ordenadores se encargaban ahora, en las bibliotecas, de las tareas ingratas, como por ejemplo de la clasificación de los registros de libros o de la gestión de las compras; esto, por supuesto, cuando al ordenador no se le ocurría estropearse o estar completamente saturado.

Debajo de la mesa de trabajo, Morfeo había colocado una caja de mimbre en la cual criaba a dos pollitos. Aunque no demasiado entusiasta con la idea, el responsable de la biblioteca no había emitido ninguna objeción, a condición de que los pollitos se quedasen en su caja y no revoloteasen por cualquier lado.

Día tras día, pacientemente, Morfeo criaba a sus pollitos entre libros.

Unas semanas antes los había recuperado medio muertos. Una lectora originaria de un lejano país había querido hacerle un regalo al responsable de la biblioteca y para esto le había entregado cuatro pollitos macho en una bolsa de plástico que le había permitido transportarlos desde el mercado a la biblioteca.

Este regalo fue todo un fracaso. Sin siquiera abrir la bolsa de plástico, el responsable —de manera ostentosa— se había deshecho de su regalo dejándolo sobre una de las mesas de lectura. Un rato después, advertido por un lector que estaba intrigado por esa bolsa que se movía, un intrépido colega la abrió con precaución. Este encontró cuatro pollitos en muy mal estado y se precipitó al despacho de Morfeo para preguntarle qué debía hacer ya que, efectivamente, parte del trabajo de Morfeo consistía en encontrar soluciones a los problemas más complicados.

Dos de los pollitos ya estaban muertos y los otros dos en muy mal estado. Morfeo enterró a los muertos al pie de un olivo y se llevó a los otros dos para que les diese un poco el aire. Después los colocó en una caja de mimbre que dispuso debajo de su ordenador.

No habría tenido ningún problema en llevarse la caja de mimbre a su casa, pero dormía al aire libre; lo que no le incomodaba para nada en un país en el que no llovía nunca, al menos durante los meses de verano. Cuando llegase el invierno, ya vería si valía la pena encerrarse entre cuatro paredes y pagar un alquiler.

Cada mañana, Morfeo les llevaba ensalada y diferentes tipos de granos a los pollitos; limpiaba la caja de mimbre y después aireaba el cuarto de la biblioteca para que tomasen aire fresco. Los días pasaban, los pollitos crecían y se iban convirtiendo en pollos. Entonces, durante sus pausas, los sacaba al jardín para que hiciesen su paseo diario, para gran alegría de los niños del vecindario.

Los pollos crecían de talla pero no así su sabiduría. Ya lograban abrir su caja de mimbre, revoloteaban por la oficina, hacían sus necesidades por todos lados y se posaban sobre la espalda de Morfeo.

Un día, el responsable de la biblioteca entró en la oficina mientras los pollos conversaban animadamente, uno sobre el hombro derecho de Morfeo y el otro sobre el izquierdo. Muy nervioso, el responsable explicó a Morfeo que ya no estaban en tiempos de Guillermo el Conquistador y que no era nada apropiado trabajar con un pollo sobre la espalda, y menos aún con dos, uno sobre cada hombro. Con mucha calma, Morfeo explicó que, si recordaba bien, no eran pollos sino falcones los que adoraban los valientes caballeros de los que hablaba. Además, también dijo que la compañía de pollos jamás había impedido a nadie trabajar.

«No tiene ninguna importancia», declaró el bibliotecario con una estentórea voz que puso silencio al cacareo de los pollos mientras estos andaban comentando la situación, «… los pollos se han vuelto demasiado grandes así que va usted a sacarlos de aquí». Por mucho que Morfeo y los pollos argumentaron en su contra, fue imposible hacerle cambiar de opinión. Como ya se sabe, además de esa horrible tendencia que tienen a subir el tono rápidamente, los responsables, cuando no tienen muchos argumentos a su favor, terminan aferrándose a su autoridad para respaldar las decisiones más estúpidas que haya.

Los pollos se mudaron entonces a una cabaña del jardín. El hecho de tener que dejar su caja de mimbre no fue un problema; llegaban al final de su adolescencia y ya eran capaces de volar con sus propias alas. De todas maneras continuaban viendo a Morfeo todos los días porque ella los sacaba cada mañana, los guardaba por la noche y les llevaba de qué comer tres veces al día.

Desgraciadamente, un día los pollos desaparecieron definitivamente. A lo mejor alguien los había metido en el horno, a los pobres, o quizás habían decidido viajar.

Y llegó el invierno. Desde las primeras lluvias torrenciales, Morfeo ya tenía donde alojarse y pagaba un alquiler.

Hubo otro festejo y la misma lectora proveniente de ese lejano país volvió a llevarle al responsable de la biblioteca otros cuatro pollitos macho, mientras todo el mundo se preguntaba el porqué de esta actitud.

Este regalo no tuvo mucho más éxito que el primero, y el responsable volvió a olvidarse voluntariamente de la bolsa de plástico sobre alguna de las mesas de lectura; aunque esta vez nadie le vio hacerlo, todo el mundo sospechó que había sido él. Se le avisó a Morfeo y esta fue a abrir la bolsa de plástico. Dos de los pollitos habían muerto y los otros dos estaban vivos; la historia se repetía.

Morfeo enterró a los dos pollitos muertos al lado de los otros dos que había enterrado meses antes. Se llevó a los vivos a su casa y los instaló en un pasillo que tenía mucha luz. Les encontró un pedazo de cartón para que pudiesen retozar y los alimentó cotidianamente con ensalada y distinto tipo de granos.

Cuando los pollitos se convirtieron en pollos, les buscó un pedazo de cartón mucho más grande y plexiglás transparente que colocó encima para evitar que fuesen haciendo sus necesidades por todo el vecindario. Todas las noches, después de su trabajo, los liberaba un rato y les enseñaba a caminar y a revolotear; eso les serviría para más adelante, para cuando se hicieran grandes y se independizaran.

El vecino de Morfeo se encargaba de sus ejercicios de elocución, porque era lingüista y hablaba varias lenguas. Consideraba que lo hacían muy bien para la edad que tenían, a pesar del traumatismo que había afectado su infancia; y esta constatación llenaba a Morfeo de orgullo.

Pasaban los meses y Morfeo sentía que había llegado la hora de partir de aquel lugar. Podría hacer su equipaje muy rápidamente, pero estaban los pollos. No iba a poder ir al aeropuerto acompañada de estos dos; había que encontrarles una familia adoptiva.

Se lo anunció a sus colegas y vecinos, pero ningún esfuerzo valió la pena pues nadie quería adoptar a sus pollos. Por la noche, después del trabajo, Morfeo encuestaba a los habitantes de una nueva calle de la ciudad, agrandando así cada día su área de investigación, sin ningún éxito. Todos agitaban negativamente su cabeza.

Un día que le estaba comentando el problema a un cineasta amigo suyo, este le dijo que su hija tenía animales; información que retuvo bien. El cineasta vivía en un pueblo en la periferia de la ciudad. Cuando le tocó un día feriado a Morfeo, esta se fue a inspeccionar el lugar. La casa tenía un gran jardín, lo que podría servirle. Se arregló con la niña pequeña para que esta hiciese un cierre y que ese lugar cerrado se convirtiese en el gallinero.

Unos días más tarde, Morfeo volvió con sus dos pollos, los que —entusiasmados por esta salida inesperada— habían armado una zarabanda desenfrenada en el autobús. La niña pequeña no había tenido tiempo de construir el gallinero, así que instalaron a los dos pollos en el patio de la casa mientras esperaban algo mejor.

Morfeo volvió una semana más tarde; los pollos seguían en el patio y hacían sus necesidades mientras perdían alguna que otra pluma. El cineasta refunfuñaba, aunque no demasiado porque su hija quería mucho a los pollos y él quería mucho a su hija. Morfeo presintió que las cosas iban a estar bien, una vez se hubiesen acostumbrado todos. Entonces, con el corazón ligero, tomó un taxi colectivo para ir al aeropuerto.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 09:00

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