Luna [4] Un esqueleto peculiar

LogoMarie

Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el cuarto cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


En la segunda planta de una vieja y pequeña biblioteca situada a la orilla del mar, había una habitación abuhardillada que no debía haber visto ni un pote de pintura ni una escoba desde hacía varias décadas.

En cuanto a los cristales de la única ventana que había allí, mejor ni hablar; con la capa de suciedad y las marcas de las salpicaduras marinas era imposible distinguir el paisaje que se vislumbraba al frente; no se sabía si eran tejados, olas o la fachada de otra casa.

La habitación abuhardillada estaba repleta de documentos, cada cual más lleno de polvo; algo desgraciadamente demasiado frecuente en las bibliotecas.

Algunos tenían galerías excavadas por bichejos de todo tipo, y otros eran campamentos de moho tremendamente extraños. Roídos por los gusanos, los estantes de madera estaban en el mismo estado, y como estaban repletos hasta el borde, no se sabía si eran los estantes los que sostenían los documentos o los documentos los que sostenían los estantes.

Nicolás creía que dando una buena patada allí adentro podría convertir todo en una gran montaña de polvo. «Todo es polvo y en polvo se convertirá», había leído en alguna parte, sin poder recordar la cita exacta.

Rápidamente decidió que no sería él quien arreglaría todo eso. Necesitaba trabajo, pero todo tenía sus límites. Tampoco podía incendiar aquello; la ciudad era libre de tomar la decisión de conservar lo que estimase conveniente. Recordó que cada documento municipal era inalienable, aunque estuviese carcomido por los gusanos, recubierto de moho, o aunque le faltasen la mitad de las páginas.

Nicolás se dijo que una cosa era ordenar y otra mirar. Y al fin y al cabo, ¿por qué no quedarse mirando un rato?

Se inclinó sobre la mesa rectangular que había al lado de una ventana con cristales totalmente asquerosos. Una figura humana parecía estar extendida ahí y, como no la distinguía bien, se fue a encender la luz de la habitación.

Había un viejo interruptor —que debía ser anterior a la Segunda Guerra Mundial o incluso a la Primera— detrás de la puerta. Nicolás apretó este interruptor metálico y se alumbró una pálida bombilla que había colgando de un alambre. La bombilla estaba repleta de cagadas de moscas; iba en perfecta armonía con el resto de la habitación, ya que una bombilla nueva hubiera parecido muy sospechosa en ese lugar. El alambre que iba del interruptor a la bombilla hacía movimientos que lo hacían parecer una guirnalda de Navidad; tenía un color amarillento escabroso que encajaba armoniosamente con los documentos de cualquier archivo.

Impresionante que no se hubiese quemado todo ya, pensó de nuevo Nicolás, que solía tener fantasías de pirómano cuando veía pilas de papel mohoso. Pero siempre es posible encontrar a algún estúpido para arreglar los viejos documentos de las bibliotecas; y ahí vamos de nuevo con un siglo, o con varios, a pesar de que parezca totalmente inútil conservarlos.

No era suficiente la luz que emanaba de la bombilla llena de cagadas de mosca. Nicolás tuvo que sacar de uno de los bolsillos de su vaquero un mechero rojo. La vista que lograba dar el mechero le animó un poco; un color de verdad en ese soso océano era como un rayo de sol atravesando las nubes de un cielo gris.

Apuntó con el mechero encendido hacia esa silueta tumbada sobre la mesa. Sopló para apartar un poco el polvo; sopló más todavía; sopló aún más fuerte y quedaron a la vista unos huesos artísticamente colocados. Apartó un poco más el polvo y apareció un esqueleto.

Nicolás estaba entusiasmado; era la primera vez que descubría un esqueleto colocado delicadamente sobre la capa de polvo de un parqué de madera malo en el segundo piso de una biblioteca. Según lo que se podía deducir, el esqueleto estaba en la posición de un hombre o de una mujer durmiendo. Quizás se trataba de un disidente del cementerio que había al lado, o de algún bibliotecario al que le gustase rodearse de libros; es algo que suele ocurrir, incluso más allá de la muerte.

Después Nicolás giró la llave del armario que había frente a la mesa rectangular. Esta llave era un modelo contemporáneo a la instalación eléctrica, y el chirrido que hicieron las bisagras estuvo en perfecta armonía con el resto de la habitación.

Con la ayuda de la débil luz que emanaba de la bombilla llena de cagadas de mosca y con la de su mechero rojo pudo percibir un conjunto de tarros de diferentes tamaños, ordenados más o menos por orden decreciente. Se notaba que no debía haber sido un profesional del libro el que había clasificado esto, pero de todas maneras se podía percibir un meritorio esfuerzo por haberlo hecho del más grande al más pequeño.

Los tarros estaban cerrados con tapones de corcho y se podía notar que estaban llenos. No es que ese fuese el lugar más propicio para depositar sirope de frutas o mermeladas, se dijo Nicolás intrigado. Decidió entonces sacrificar la relativa pulcritud de su pañuelo a cuadros, el que le solía servir tanto para sonarse la nariz como para limpiar sus botas cuando tenía una cita. Metódicamente, decidió limpiar la capa de suciedad de los tarros grandes para poder ver su contenido.

Aunque había visto muchas cosas en su vida, Nicolás se sorprendió un poco: se encontró frente a una colección de serpientes, serpientes muy bonitas —al menos en la partes que estaban sumergidas en el líquido, porque las que estaban más alto, fuera del agua, no parecían en tan buen estado—.

Observó los tarros uno a uno, había en ellos increíbles reptiles con escamas brillantes; daban ganas de llamarles por sus nombres, pero Nicolás no tenía los conocimientos suficientes en este ámbito. Solo sabía reconocer las culebras, las víboras y las boas, si es que, pero estas dos primeras eran especies demasiado corrientes para haber sido incluidas en este tipo de colección y una boa habría necesitado varios tarros.

Nicolás contempló durante un buen rato el contenido del armario y después cerró los dos batientes de este haciendo chirriar de nuevo las bisagras. Hacía muchos años que las serpientes dormían en esos tarros cerrados con corchos, así que podían seguir durmiendo tranquilamente durante algunos más.

Decididamente, había sido en este cuartito de la segunda planta donde le esperaban las mayores sorpresas.

En la planta baja vio estantes metálicos repletos de libros viejos ordenados de manera extraña, con etiquetas que tenían pequeños ribetes azules que se parecían a aquellas de los cuadernos del colegio de antaño.

También había visto una colección de botellas vacías en lo que servía de armario para guardar las escobas y que quizás era la entrada a un pasadizo subterráneo. No sabía que las bibliotecas también sirviesen de depósito para botellas, pero cada día se aprendía algo nuevo, ¿no?

En el primer piso había visto más libros viejos; viejos archivos con el lápiz y la goma de algún archivista que se habían quedado exactamente en el mismo lugar en el que los habían dejado, cuando hacía mucho que este profesional debía haber fallecido.

En la azotea a la cual había accedido a través de una escalera de molino, pudo admirar la escena caótica más bonita que había visto en su vida, con colecciones de periódicos oficiales, revistas, libros, arpones de ballenas, monedas, sellos de cera y quién sabe cuántas cosas más; todo artísticamente revuelto como si acabase de pasar un ciclón martiniqués.

Pero la guinda del pastel la ponía esta pequeña habitación en la que se encontraban el esqueleto y aquella colección de serpientes.

Nicolás bajó de nuevo los dos pisos por la vieja escalera de escalones desiguales. Volvió a colocarse el pañuelo en su bolsillo; lo lavaría la próxima vez que se pasearía por la orilla del mar. Salió de la biblioteca y cerró con llave la gran puerta de cristal. Después tendría que acordarse de devolver la llave en el ayuntamiento.

Ahí mismo se sacudió. Se golpeó para sacar de su ropa el polvo y los distintos bichejos. Agitó su sombrero de fieltro y se pasó una mano por el pelo para quitarse una araña que ya había comenzado a tejer su tela. Después sacudió la parte inferior de sus pantalones para desalojar a un ratón que estaba durmiendo la siesta tranquilamente colgado de su calcetín.

Después se metió en la cafetería que había al frente para tomarse una cerveza; se moría de sed y sus pulmones estaban sucios por todo el polvo que se había tragado en ese espacio tan insalubre.

En la barra, preguntó a los asistentes si alguien conocía la historia de las serpientes de la biblioteca. Después de hacerse de rogar un rato, para guardar las formas, una vecina le contó que recordaba haber visto al viejo bibliotecario, no al último, sino al penúltimo —que era aún más viejo—, salir un día con unos tarros, agruparlos cerca del grifo de la plaza, sacar a las serpientes de estos, lavarlas con abundante agua debajo del grifo, lavar también los tarros, volver a meter a las serpientes en los mismos y verter en ellos una mezcla de formol y agua.

En aquel momento, la vecina que había observado atentamente lo que estaba ocurriendo, había manifestado su extrañeza. ¿Por qué no poner en los tarros únicamente formol, en lugar de mezclarlo con agua? El viejo bibliotecario le había hablado de los problemas económicos que sufrían. Solo había obtenido del ayuntamiento una pequeña cifra, la vecina ya no se acordaba de cuánto era ya que esto había ocurrido hacía mucho. Por esta razón el bibliotecario debía mezclar el formol con agua, y aun con esta mezcla no lograba llenar los tarros hasta arriba. Y ya está, no había mucho más que contar; en aquel momento no se podía hacer nada más.

Definitivamente, estén donde estén, y tanto en el pasado como en el presente, las bibliotecas tienen casi siempre problemas para financiarse, pensó Nicolás.

Salió del café y se dirigió hacia el grifo del que acababa de hablar la vecina. Lo abrió con el mismo gesto con el que lo hizo el bibliotecario de las serpientes 30 años antes, enjuagó su gran pañuelo de cuadros y se lavó las manos y la cara. Volvería ahí esa noche para lavarse el resto del cuerpo.

Después, respirando bien el aire marino, bajó las escaleras hacia el ayuntamiento para devolver las llaves de la biblioteca y dar un no por respuesta a la oferta de trabajo.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 08:59

Posted in Uncategorized