Luna [3] El destello verde

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Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el tercer cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


Lo que le sorprendió a Nicolás al cruzar la puerta de esta nueva biblioteca era que todos los lectores estaban reclinados haciendo punto con lanas de distintos colores.

Al parecer habían traído de sus casas rollos de lana; incluso había algunos que habían descosido jerséis viejos, vestidos o gorros y, como en el país escaseaban las agujas para hacer punto, los lectores habían tomado las varillas de los ficheros; ya saben, esas varillas que se deslizan en las perforaciones de las fichas para mantenerlas todas juntas en un cajón y evitar así que se descoloquen con un descuido.

Se habían cortado todas las calefacciones de la ciudad; solo la biblioteca se mantenía caliente; no tanto tampoco, solo unos grados por encima de cero. Era pleno invierno y no había ropa en las tiendas, fue así que los lectores decidieron ponerse a hacer punto debido a que esta actividad calienta el cuerpo más que la lectura; inténtenlo y verán.

Así, la asociación de lectores había decidido reagrupar las varillas de los 108 cajones, lo que daba 54 pares de agujas. Como un milagro del destino, justamente la biblioteca tenía 54 espacios donde sentarse, lo que les evitaba a los tejedores tener que sentarse sobre la moqueta o sobre la alfombra marroquí. Efectivamente, es más agradable tejer en un lugar en alto que en la posición del loto; sobre todo cuando se está tejiendo durante varias horas.

La asociación de lectores había dividido a los centenares de estos en grupos de 54, y la mercera del barrio había determinado que la varilla clásica (la de los cajones de la biblioteca) correspondía a una aguja de entre cinco y seis milímetros; desgraciadamente era bastante más pesada que una aguja buena para hacer punto, pero tampoco tenían otra elección.

A los lectores-tejedores que se quejaban de esto, se les debió recordar que tales varillas no podían poseer todas las cualidades necesarias ya que su objetivo primordial no era el de servir para tejer. De hecho, habían sido totalmente desviadas de su verdadero objetivo, que era el de sujetar las fichas de los ficheros.

Después, la mercera aconsejó que trajesen lanas bien gordas; las que se tejen con agujas de cinco o seis. Como eran tiempos de escasez, tampoco había sido demasiado exigente. Había extendido las dimensiones requeridas, y finalmente hasta aceptó lanas que se tejían con agujas de cuatro a siete. En tiempos difíciles, no hay que ser mezquino. La mercera ni siquiera había dado consejos sobre los colores que se necesitaban, por esta misma razón: en tiempos de escasez había que tomar lo que se tuviese a mano.

Había un equipo por la mañana, otro durante el mediodía, otro por la tarde y otro por la noche. Al comienzo se les había propuesto a los lectores cambiar de equipo cada hora, pero esta idea provocó una protesta general. En ese caso, ¿cómo hubiesen podido calentarse con tan poco tiempo? Eran necesarias al menos tres horas haciendo punto, si no no valía la pena.

Los horarios se habían repartido de la siguiente manera: el equipo de la mañana de ocho a once, el equipo del mediodía de once a dos de la tarde, el equipo de la tarde de dos a cinco y el equipo de la noche de cinco a ocho.

De ocho de la noche a ocho de la mañana, es decir, durante toda la noche y un ratito más, los bibliotecarios almacenaban una nueva cuota de calor para el día siguiente. Pero, ¿y cómo lo lograban? Por favor, que los profesionales del libro se tapen los ojos y se salten algunos párrafos para que no les dé un ataque. He aquí la cruda realidad: lo conseguían quemando libros, revistas, catálogos, afiches y todo lo que tuviese algún parecido con el papel.

Los bibliotecarios habían comenzado por las estanterías que estaban más cerca de la caldera, es decir, por las que contenían los dichos «libros preciosos», los cuales al encontrarse en una sala aparte no eran leídos por nadie. Este depósito se había vaciado rápidamente. Siguieron las revistas; muchas, demasiadas —es bien sabido que a los bibliotecarios les da pavor tirar—, lo que al fin y al cabo les había permitido resistir algunos días más. Después continuaron con la biblioteca de préstamo, que ya estaba empezada.

Se pidió encarecidamente a los lectores que llevasen todos sus libros. Los discos, los CD, los CD-ROM, las casetes y los videos podían quedárselos un poco más; esos no ardían; pero los libros, por favor, tenían que llevarlos. Aunque tuviesen mucho retraso, no se les multaría, lo juraban. Era un invierno muy crudo, todavía hacían falta varias toneladas de libros para aguantar hasta el primer rayo primaveral; aquel destello verde que todos aguardarían más arduamente que los años anteriores.

También se había rogado para que los lectores llevasen a la biblioteca los libros de su colección personal; se hacía todo lo posible para obtener multitud de donaciones, sin discernimiento alguno. Contrariamente a sus costumbres pasadas, los bibliotecarios no suspiraban cuando veían llegar cajas de cartón con libros viejos que algunos lectores tenían la mala idea de donar a la biblioteca solo para librarse de tener que llevarlos hasta el lugar de eliminación de residuos.

Las donaciones iban llegando con bastante frecuencia; finalmente parecía que los lectores tenían más sentido cívico del que se hubiese pensado. La asociación de lectores puso en marcha un sistema de ayuda para el transporte. Hacía tiempo que los coches ya no circulaban, por falta de gasolina, así que había todo un stock de carritos; o bien los metálicos del supermercado o bien los de tela utilizados para las tareas de limpieza.

Es cierto que trasladar las enciclopedias Universalis o Larousse de veinte tomos no era tarea fácil, aunque uno se reconfortase con la idea de que toda esa cantidad de papel contribuiría a mantener el calor del día siguiente.

Si alguien donaba como mínimo veinte tomos, se convertía inmediatamente en benefactor de la biblioteca, lo que le hacía ilusión a la mayoría de los donantes ya que el ser humano es amante de coleccionar títulos. Desgraciadamente, no se obtenía un diploma, por falta de papel, pero la asociación de lectores les aseguraba que quedaba pendiente y que, cuando terminase la crisis, todos los benefactores recibirían uno personalizado.

Para transportar los 20 tomos del Larousse; de la Universalis; del diccionario Grand Robert; de la enciclopedia Atlas; o de la Enciclopedia Britannica, los lectores iban a ayudar a los lectores donantes.

Había numerosos voluntarios y la motivación era doble. En primer lugar, para calentarse; no hay nada como el ejercicio físico, el cual es incluso mejor que hacer punto. En segundo lugar, para sentirse útil; cuando llegan tiempos duros hay que echar una mano.

En las escaleras cada lector llevaba un tomo. ¿Y por qué solo uno?, se preguntarán los fortachones. Sin poder comer más que lo necesario desde hacía un tiempo, los lectores se encontraban más bien débiles, los pobres.

En la parte inferior de las escaleras se había reunido a los tomos en los carritos: diez tomos en cada carrito del supermercado, un máximo de cinco tomos en cada carrito para las tareas de limpieza, y esto solo en caso de que se encontrasen en buen estado, lo que no era siempre así dada la gran cantidad de libros que habían sido transportados desde el comienzo de la crisis.

Nicolás miraba cuidadosamente a todos estos lectores mientras hacían punto. A todo el mundo se le daba bastante bien; incluso hasta a los hombres, que no suelen ser muy habilidosos para estos quehaceres, salvo alguna que otra excepción.

Al parecer, al comienzo no fue fácil. La mercera, junto con algunas señoras del club de tejedoras, habían estado enseñando cómo se debía hacer. Pero ya que no eran muchas y que el nivel de los alumnos era muy básico, rápidamente cambiaron de método; para hacerlo bien, habría hecho falta prácticamente un profesor por cada alumno, así que decidieron antes que nada capacitar a algunos profesores.

Por deducción, lo primero que hicieron fue hacerles unos cursos intensivos a los bibliotecarios. Con su consentimiento o no, estos se pusieron a ello y rápidamente se sintieron muy a gusto con esta nueva actividad, algo que a todo el mundo le había parecido normal ya que estaban en sus propios locales y se utilizaban las varillas de sus ficheros. Además, aparte de cargar la caldera durante la noche, no tenían nada que hacer ya que ya no prestaban más libros y tampoco se ocupaban de entregar a los lectores informaciones sobre temas de lo más variopinto.

Al comienzo, cuando encontraban a alumnos que estaban siendo un poco tercos, o totalmente obtusos, a los bibliotecarios que se enfadaban mucho se les enviaba a dar la vuelta a la manzana varias veces corriendo para que no les diesen ganas de sacarles los ojos a los más problemáticos.

Al final, tras haber sudado la gota gorda y haber llevado la paciencia de los profesores al límite, los lectores habían dado todo de sí mismos y, si nos preguntamos por su talento, al menos se puede decir que la buena voluntad que tenían era innegable. Los profesores partieron explicando que la regla de oro para hacer punto era tejer algo que les hiciese falta; la motivación era un elemento muy importante.

Entonces, una se puso a tejer un vestido de fiesta, y según la lana que encontrase se haría un minivestido o un vestido largo hasta los tobillos. Otra se hizo una bufanda ya que eso era fácil y nunca estaba de más, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos en los que se encontraban. Un tercero le hizo un abrigo a su perrito, ya que a él no le hacía falta nada. La cuarta tejió unas pantuflas para su amor porque este tenía los pies helados cuando se metían en la cama, sobre todo desde que comenzó la crisis. El quinto hizo unos canastillos de punto para los bebés que estaban por nacer; sin la crisis jamás hubiese pensado en hacer él mismo unos canastillos, y aún menos para los bebés de sus vecinos; antes de la crisis era un completo egoísta al que no le gustaban los niñitos que chillaban.

Al final, la mercera, las mujeres-que-hacían-punto y los bibliotecarios estaban bastante satisfechos de sus alumnos. Los primeros días no, por supuesto, pocos profesores no se quejan de sus alumnos en ese momento, olvidándose a veces que un buen alumno es aquel que tiene un buen profesor. Los primeros días, profesores y alumnos tenían terribles jaquecas al final de la jornada debido a las mallas que se perdían, a los puntos hechos al revés o a las varillas que desaparecían.

Los profesores incluso se habían dado cuenta que los alumnos especialmente recalcitrantes escondían sus varillas en los lugares más descabellados; entre la moqueta y el zócalo de la pared o en los intersticios de los sillones. Estos habían hecho el siguiente razonamiento: sin varillas no se hace punto.

Tras consultarlo, los profesores habían sido tajantes. El que perdiese la varilla tendría que continuar con su dedo. Pero resulta que es muy difícil hacer punto con los dedos, así que mejor que nada era preferible tomar una varilla del fichero. De repente, no faltó ninguna varilla; todas quedaban ordenadas bien a la vista cuando un lector se ausentaba durante algunos minutos para ir al baño o para charlar con otro lector.

Cada tres horas se hacía el cambio de equipo de manera oficial. Con tristeza, el equipo que terminaba retiraba las varillas de lo que estuviese tejiendo y se las pasaba al equipo nuevo, el cual, trabajosamente, volvía a poner sobre las varillas lo que estaba tejiendo, suspirando lastimosamente, es verdad, porque no es nada divertido remontar los puntos; las mujeres-tejedoras saben de qué estamos hablando.

Todos volvían a sus casas con sus tejidos y sus lanas, lo que evitaba que hubiese historias horripilantes de cambios de tejidos por no prestar atención o de ovillos robados. Además, para los que habían avanzado mucho en sus prendas, esto les permitía utilizar, durante la tarde o por la noche, las que se encontrasen tejiendo; la bufanda alrededor del cuello, aunque fuese un poco corta; las pantuflas para su amor al irse a la cama, aunque les faltasen las puntas o los talones; y la falda —que todavía era mini pero que podía convertirse en maxi— para ir a bailar porque, como hacía mucho frío, se bailaba bastante.

Ya no se bailaba con la música que ponían los disc-jockeys, ni con la que se ponía en las gramolas, ni en las minicadenas, ni en los CD o en los ficheros MP3, ya que la electricidad era un bien cada vez más escaso. No, eran los músicos del lugar los que tocaban felices de la vida; nunca les había ido tan bien en los negocios. De todas maneras, la música es como hacer punto; más vale tocar y tejer para calentar el cuerpo que quedarse en una esquina farfullando que hace mucho frío.

Además, la ventaja que tiene la música sobre el tejer es que, aparte del cuerpo, también calienta el alma; al menos para los melómanos, que son mucho más numerosos de lo que creemos. Algunos músicos iban incluso a tocar a la biblioteca mientras los lectores hacían punto, lo que era bálsamo para el corazón de unos y otros.

De hecho, el cura de la parroquia había propuesto que algún bibliotecario leyese durante las horas en las que se hacía punto, o más exactamente que se leyese en voz alta. Este cura incluso había propuesto que se leyese la Biblia; lo que era comprensible ya que era su libro de cabecera. El imán había ido a proponer algo parecido, aconsejando la lectura del Corán. El rabino hizo una estrategia similar; él podía prestar un ejemplar de la Tora.

Todas estas sugerencias suscitaron una protesta general, que no por la lectura de la Biblia, del Corán o de la Tora, ya que los lectores de esta biblioteca en concreto eran muy respetuosos con las convicciones de los demás, sino porque, al fin y al cabo, los cristianos podían escuchar la lectura de la Biblia durante la misa de los domingos, los musulmanes podían escuchar la del Corán durante los rezos del viernes y los judíos podían escuchar la de la Tora los sábados. Y además, señal de los tiempos que corrían, la mayoría de los lectores preferían la música a la lectura.

Tras una votación democrática, a pesar de que la música había ganado con una gran ventaja, no había sido posible hallar un acuerdo sobre el tipo de música. Los gustos de los lectores eran totalmente eclécticos pasando por la música clásica, el jazz, el blues, el rock pesado, el bebop, el rap, el raï, el folk, el country, etc., etc.

Así es que se escogían a los músicos por orden cronológico cuando se presentaban delante de la puerta de la biblioteca. El violinista seguía al acordeonista, que a su vez seguía al pianista. La asociación de lectores había trasladado un piano hasta la biblioteca; menuda tarea, se acordarían de ella, ¿por qué los pianos tienen que ser tan pesados? Los cantantes venían después de los músicos; había algunos que hacían incluso las dos cosas, cantar y tocar.

Su talento era bastante desigual; estaban los que recibían fuertes aplausos y los que se llevaban silbidos muy agudos, todo dependía… Se evitaba tirarles tomates o manzanas podridas, ya que debido a la escasez de alimentos era preferible comérselos; preferentemente en compota, ya que así se hacían menos indigestos.

Generalmente no surgían problemas entre los lectores-tejedores y los músicos. A los peores de entre estos, los que hubieran hecho caer chaparrones si no hubiese hecho tanto frío, se les pedía que dejasen de tocar al cabo de media hora, pero normalmente se volvían a presentar en la biblioteca al día siguiente. Los mejores no iban muy seguido, porque solían animar las noches de bailes y debían dormir en algún momento.

Cuando algunos recalcitrantes músicos malos traspasaban los límites y se negaban a poner fin a su cacofonía, a pesar de las súplicas unánimes de los lectores-tejedores, el bibliotecario de turno tomaba el tomo de la Enciclopedia Universalis que tuviese a su disposición y les pegaba con este en la cabeza, no demasiado fuerte tampoco; no se trataba de matarlos sino de pegarles un poco.

Lo anterior no evitaba que volviesen al día siguiente; estas personas no se cansan nunca, aunque se les expliquen las cosas pacientemente, se niegan a entender que no tienen talento y que deberían indagar por otros caminos.

¿Pero por qué quedarse con un tomo de la Universalis para incitar a los malos músicos a callarse cuando el papel de estos tomos era mejor que el de otras enciclopedias para echar al fuego por la noche? Esta fue la pregunta que planteó un día un perspicaz lector-tejedor.

Después de un largo debate profesional sobre el tema, finalmente los bibliotecarios decidieron —tomando en cuenta todos los aspectos— que tenía más valor hacerse pegar con un tomo de la Universalis que con uno de una enciclopedia cualquiera y totalmente obsoleta. Hacerse golpear con un tomo de la Universalis hacía parte del respeto que se debe tener por cualquier persona, y así el músico no tenía la impresión de haber sido timado o de haber sido tratado como a uno cualquiera.

Tras mirar detenidamente a todos los lectores-tejedores, Nicolás les preguntó si podía sentarse un momento en la moqueta. Se había dado cuenta de que todos los sitios estaban ocupados y de que todo el mundo cosía; no quería molestar a nadie, solo calentarse un poco y mirar a la gente, es decir solo sentir un poco de calor humano a su alrededor; lo necesitaba. Cosa rara, no había música en ese momento ya que todos los músicos estaban enfermos o agotados.

Una hora más tarde se dio cuenta de que un tejedor, cansado, había dejado de hacer punto. Entonces le preguntó a este si le podía prestar sus varillas. El tejedor le hizo un ademán para que mirase al bibliotecario de turno en la oficina de préstamos y Nicolás comprendió que antes debía pedirle una autorización a este. Así que fue y le pidió dicha autorización al bibliotecario, quien, después de percibir un consentimiento mudo en los ojos del tejedor, se la dio.

Nicolás se quitó su cazadora vaquera y se remangó, aunque se quedó con el sombrero de fieltro del que no se separaba jamás, salvo bajo la ducha, y si es que. Después tomó las varillas y las golpeó una contra otra haciendo diferentes ritmos. Los tejedores le miraron y sonrieron, e incluso soltaron sus propias varillas para poder aplaudir después del primer fragmento. Algunos dejaron de hacer punto durante un momento, aunque rápido retomaron sus labores porque sus cuerpos comenzaban a sentir los estragos del frío.

Al cabo de una hora golpeteando rítmicamente, Nicolás se levantó y le preguntó al bibliotecario si podía prestarle el último tomo de la Universalis. Este dudó un segundo, tenía miedo que el nuevo músico le diese un golpe para hacerle sentar en su silla, pero pudo ver en la mirada verde de Nicolás que no tenía ninguna intención beligerante; al parecer solo quería seguir haciendo melodías con los medios que hubiese a mano.

Entonces el bibliotecario le entregó el tomo. Los músculos de su antebrazo sobresalieron bajo su jersey azul de cuello vuelto y el peso del tomo le hizo tambalear durante unos segundos. Nicolás, con tristeza, se dio cuenta de que el bibliotecario no debía estar comiendo lo suficiente desde hacía mucho y que seguramente debía estar muy cansado durante el último tiempo, entre el cargar la caldera durante la noche y los talleres de hacer punto durante la mañana, estaba sobrepasando sus 37 horas de trabajo semanales.

Nicolás cogió el tomo de la Universalis, se volvió a sentar con las piernas cruzadas, lo puso delante de él y lo utilizó como tambor usando las varillas como baquetas.

Si no hubiesen estado en situación de crisis, el bibliotecario habría hecho una mueca de dolor ya que, inevitablemente, a la cubierta blanca del tomo le comenzaban a salir estrías con pequeños puntos grises a consecuencia del contacto entre el metal gris de las varillas y el escay blanco del libro.

Pero, con la crisis, ya había visto de todo, y el hecho de haber estado obligado a quemar casi todos los libros de la biblioteca para llegar, dolorosamente, a una temperatura que alcanzase los cuatro o cinco grados le había obligado a reconsiderar algunos principios profesionales, así es que no dijo nada.

Nicolás era un músico fuera de serie. Con la Universalis y las dos varillas conseguía sacar un ritmo que los tejedores seguían ahora divertidos mientras hacían punto. Lentamente, rápidamente, lentamente, rápidamente; los tejedores estaban encantados; jamás habían pensado variar su ritmo de trabajo para variar los placeres.

Esa noche Nicolás fue contratado inmediatamente hasta el final de la crisis, para así apoyar moralmente a los tejedores con sus ritmos a veces lánguidos y otras endiablados.

Y un buen día, a media tarde, el destello verde del sol primaveral apareció al fin. Se paró entonces de quemar libros, ya que, de todas maneras, no quedaba ninguno, a excepción del tomo de la Universalis que le servía de tambor a Nicolás.

Nicolás anunció su partida. Los bibliotecarios y los lectores-tejedores no podían creerlo, pero Nicolás no era de los que se quedaban mucho tiempo en un mismo lugar. Quisieron regalarle el tomo de la Universalis y el par de varillas que había utilizado, a modo de recuerdo, pero cortésmente se negó; no le gustaba viajar con peso de más. Se acomodó el sombrero de fieltro y se fue hacia la costa.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 08:58

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