Luna [2] Cajones no muy secretos

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Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el segundo cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


Otra de las historias que solía contar la madre de Nicolás era la de la obsesión por el cajón que se cae; pesadilla que provoca un despertar sobresaltado a cualquier bibliotecario digno de este nombre.

Con la informatización de la documentación, los ficheros se estaban convirtiendo en elementos caducos, pero —por suerte— los bibliotecarios los habían guardado; generalmente son bastante conservadores, debido a la naturaleza misma de su trabajo. ¿Qué pensarían ustedes de un bibliotecario adepto a tirar todo a la basura, o de uno que se desharía incongruentemente de todo lo que estorbase en los estantes? Seguramente le aconsejaría convertirse en basurero municipal o, para no ser tan categórico, le aconsejaría como mínimo cambiar de empleo.

A pesar de que su catálogo había sido informatizado, los bibliotecarios habían querido conservar el de papel durante algún tiempo más; catálogo que por supuesto estaba compuesto por fichas. Algo ideal es que los cajones de estas fichas están equipados de una varilla para evitar la caída de ochocientas o mil fichas en caso de realizarse una mala maniobra, lo que no significa que los bibliotecarios vayan titubeando por haber bebido demasiado. Efectivamente, el abuso de alcohol no es muy compatible con una profesión que exige rigor y destreza.

¿Acaso un bibliotecario, que suele ser alguien serio debido a su condición, podría dejar caer un fichero por no estar atento? No hace falta decirlo. Contrariamente a lo que dicen las malas lenguas, la caída de un fichero es rara vez provocada intencionadamente, debido al trabajo tan ingrato que suele seguirle. Un fichero «normal» generalmente tiene unas ochocientas fichas, pero este es un número que a menudo suele ser ampliamente sobrepasado. En general, la congestión que hay en los cajones de las fichas hace pensar en el metro parisino en hora punta, e intercalar una nueva ficha se convierte en toda una proeza. Por suerte, con la informatización, todos estos alborotos se iban a convertir pronto en algo obsoleto.

Si el bibliotecario que ha dejado caer un cajón de fichas es muy rápido, le hará falta como mínimo una jornada completa para reordenarlo, si es que se salta la hora de la comida y si es que no se trata de un cajón que esté especialmente congestionado. Es más prudente prever dos días para la intercalación de cada una de las fichas, a menos que —sobrepasado por dicha tarea— el bibliotecario ordene todo de cualquier forma o termine tirando la mitad de las fichas a la basura.

Veamos varios ejemplos sobre esto: el primero de los casos, no muy frecuente —salvo hace mucho tiempo en una biblioteca pública—, es el de cuando un ratón se pasea entre las piernas, o incluso una rata, o peor aún, una rata de alcantarilla, justo cuando pensó haberse desecho de estos animalejos tras una campaña de desratización llevada a cabo sin problemas con la ayuda de trampas de diferentes colores.

Usted pretendía intercalar las fichas, ya había podido sacar la varilla, cuando le pasa por adelante una rata de alcantarilla, gris, antipática, asquerosa, con los ojitos profundamente anclados en sus órbitas. Se da cuenta de que las ratas continúan frecuentando su biblioteca por más que teóricamente se les ha vedado el paso; a pesar de todo el amor que le tiene a los animales, sin duda sigue prefiriendo a los perros y gatos.

Y a pesar del gran autocontrol que tiene, esto le saca de sus casillas y comienza a insultar a esta rata con palabras especialmente groseras —las cuales es preferible no reproducir aquí—, suelta el fichero y, boom, de repente le hará falta pasar una o dos jornadas de trabajo reclasificando las fichas, y esto además de no ser la única tarea que tiene; es más, siendo tan responsable y dedicado como es, ni siquiera tiene ganas de tirar a la basura todo ese montón de fichas. Ya le costó demasiado trabajo teclear los textos que hay en ellas, así que es mejor guardarlas antes de que la informática venga a librarle de todos esos pedacitos blancos, beige o grises de fichas Bristol.

El segundo caso, un poco más frecuente, es cuando uno se resbala con una cáscara de plátano que un chaval le ha depositado bajo los pies porque el sábado anterior le había dicho a este niño que no había que romper los libros, sino leerlos, o al menos mirar las imágenes si es que todavía no tenía edad para leer.

El chaval, rencoroso, había escuchado a sus padres reírse de un colega que se había roto una pierna por culpa de una cáscara de plátano que había en mitad de la calle, así que le pidió a su madre un plátano para su merienda; no tanto por la fruta como por su cáscara, obviamente destinada al bibliotecario que había pronunciado esas desgraciadas palabras el sábado anterior.

Finalmente, el bibliotecario no se rompe la pierna, ya que estos profesionales son gente flexible que sabe esquivar este tipo de peligros, pero el fichero se cae. Por su cara triste, el chaval sabe que no ha fallado del todo. Y ya que al fin y al cabo es un buen niño, va a ayudar al bibliotecario a recoger las fichas esparcidas sobre la moqueta como hojas de otoño sobre el césped —sin tanta poesía ni color, pero sobre todo con una gran diferencia; las hojas muertas no vuelven a clasificarse y no deben reintegrar el árbol, mientras que las fichas sí se reclasifican y deben sí o sí reintegrar el fichero—.

Otro caso es el del bibliotecario se tropieza con la alfombra marroquí que hay debajo del fichero, la cual tiene el borde un poco levantado a pesar de las pegatinas que hay debajo para evitar dicho tipo de percance. Misma escena que antes; las fichas cubren el suelo como si fueran hojas muertas en otoño, con la diferencia de que en este caso todas las fichas se caen fuertemente y de golpe, mientras que las hojas muertas caen una tras otra en un baile agraciado.

Y otro ejemplo más: de repente el bibliotecario escucha el estridente sonido del teléfono y se dice «recórcholis, ¿qué querrán ahora de mí?». Puede tratarse de un lector que llega retrasado con sus libros, sus revistas o sus CD-ROM; de un usuario que quiere saber cuál es el horario de la biblioteca, mientras que para esto solo hace falta abrir un periódico —impreso o digital— y ponerse sus gafas o coger una lupa si es que tiene poca vista; o quizás puede tratarse de algún curioso que requiere información de lo más básica a precio bajo, en lugar de tomar cualquier diccionario, la enciclopedia Universalis o la Wikipedia, todo dependiendo de su presupuesto.

La varilla ya había sido sacada, y pum, las fichas se caen al suelo y, además, la persona que hay al otro lado de la línea se sorprende al no ser atendido amablemente mientras que, además de darle toda una serie de cuidadosas explicaciones, el bibliotecario, el pobre, ya está pensando en la terrible tarea que le espera añadida a las otras ya habituales.

Otro caso, por ejemplo, es el del «tremendo cansancio»: el bibliotecario no ha comido ni bebido nada desde las 7 de la mañana (lo que suele ocurrir más frecuentemente de lo que nos podemos imaginar). Ningún lector ha pensado en llevarle un sándwich, y menos aún un té —ni siquiera una bolsa de té en un vaso de plástico— ; el lector no hubiese sido formalizado si no hubiese habido una taza con su platito adecuado. Entonces, al bibliotecario le da un vahído justo en el peor momento; está de pie, quiere sentarse, tiene el fichero entre las manos pero la varilla ya está levantada, y boom, de repente ya está todo por el suelo. Dependiendo de su temperamento, el bibliotecario se irá corriendo a comer algo o se pondrá inmediatamente a recoger las fichas.

Otras veces, para enredar aún más la dificultad, las varillas se metían en el fondo del fichero y su cabeza quedaba invisible desde el exterior, incluso para un lector que hubiese sido avisado. De esta manera, invisibles para el lector, solamente los bibliotecarios sabían cómo quitarlas y volverlas a poner; era uno de sus secretos profesionales, y eso que, treinta años más tarde, cualquier lector despabilado iba a poder tomar prestada una varilla por las más diversas razones: para rascarse la espalda o las orejas, o bien alguna parte de su cuerpo que no estuviese accesible por estar escayolada debido a alguna caída.

A lo largo de su carrera, Nicolás incluso había visto a lectores celosos recoger con las varillas papeles grasientos que cubrían el suelo de la biblioteca inspirándose en las picas que los barrenderos utilizaban para recoger las hojas muertas de los jardines públicos.

He aquí algunas de las ensoñaciones de Nicolás cuando se acordaba de las historias que le contaba su madre, mientras olfateaba el aire fresco mañanero durante el trayecto hacia un destino desconocido.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 08:58

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