Luna [1] El bautizo de un planeta

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Por Marie Lebert, marzo de 2015.

«Luna» es una selección de seis cuentos atemporales y relacionados, de cierta manera, con los libros. Este es el primer cuento, traducido del francés por Alicia Simmross.

El bautizo de un planeta / Cajones no muy secretos / El destello verde / Un esqueleto peculiar / Dos veces dos pollitos / Ratones sobre la alfombrilla


Este planeta pertenecía a una lejana galaxia multicolor que no cesaba de centellear, como si fuese mil fuegos artificiales durante la noche del 14 de julio en París. Era un planeta con forma de huevo. Desde lejos se habría podido decir que se trataba de un huevo de jade de color anaranjado; acercándonos un poco, este huevo de jade tenía reflejos rosas; y aún más de cerca se veía completamente rosado con unas finas rayas naranjas.

Hace mucho tiempo, un presidente-fundador fue especialmente elegido para realizar el bautizo de este nuevo planeta.

Era un hombre muy guapo que llamaba la atención por su brillante sombrero de copa negro. Iba vestido con unas bermudas multicolor y con una camiseta verde que llevaba su retrato tanto en la espalda como en el pecho.

Lo divertido de los retratos de su camiseta era que en el de la espalda estaba haciendo una mueca —mueca en la que parecía estar aquejado de un dolor de muelas horrible—, y que en el del pecho lucía una gran sonrisa —una sonrisa que no era para nada electoral—.

Por último, para completar esta imagen, también hay que decir que el presidente-fundador tenía una gran autoestima; cualidad probablemente indispensable dado su cargo.

Cuando llegó el día de bautizar al planeta, todo el mundo se reunió alrededor de unas pantallas gigantescas para vivir la ceremonia en vivo y en directo. Las familias habían llegado por grupos con unos pícnics enormes; unos pícnics de fiesta para celebrar el acontecimiento, con sándwiches de ketchup y botellas de champán con corchos de los colores del arcoíris.

Al ritmo del himno planetario, el presidente-fundador se presentó con sus tradicionales bermudas multicolor, su legendaria camiseta autopromocional y su legendario sombrero de copa, el cual relucía todavía más que de costumbre porque seguramente lo habría enviado a sacarle brillo para la ocasión.

Acto seguido, tras asegurarse que todo el mundo había podido admirar su increíble estatura, se sentó delante de un libro gigantesco completamente encuadernado en cuero, o en una imitación de cuero, o quizás en escay; solo un especialista habría podido distinguir realmente de qué material se trataba.

Este gigantesco libro era un diccionario creado especialmente para la ceremonia del bautizo del planeta. Era un censo completo de todos los nombres de los planetas existentes, tanto en las galaxias vecinas como en las más alejadas. Trabajo muy exhaustivo que era el resultado de una compilación llevada a cabo fielmente bajo la dirección del mejor hombre de letras que jamás haya existido.

Este hombre de letras no se permitía ni una sola falta de ortografía; no se le escapaba ni una sola tilde; perseguía, como si de un acosador se tratase, el buen uso de minúsculas y mayúsculas; es decir, era un especialista extremadamente puntilloso en su ámbito, lo que no le impedía ser un hombre encantador en la vida cotidiana.

Después de sentarse majestuosamente tras el diccionario, el presidente-fundador comenzó a leer en voz baja. Cada vez que terminaba de leer una página, con un gesto amplio le daba la vuelta a esta para pasar a la siguiente. Se las ingeniaba, por supuesto, para que sus gestos fueran perfectamente telegénicos; se preocupaba mucho por su imagen de marca.

De hecho, era la primera vez que tenía la impresión de trabajar tanto.

La lectura duró varias horas. El planeta seguía todo esto ingiriendo un sándwich de ketchup tras otro y bebiendo vehementemente botellas de champán. Cuando se lograba escuchar el nombre de algún planeta susurrado por el presidente-fundador, se hacían juegos de palabras con dicho nombre. Las familias hacían juegos de palabras sutiles, juegos de palabras divertidos o bien juegos de palabras sospechosos.

El presidente-fundador leyó el libro de cabo a rabo, una vez en un sentido y la siguiente en el otro. Todo el planeta empezó a ponerse nervioso; se preguntaban cuándo acabaría todo eso. Algunos habitantes habían programado asar un pedazo de carne; otros tenían previsto jugar unas partidas de cartas; y los niños querían terminar su jornada haciendo carreras con sus patines o con sus monopatines.

En cuanto a los programas de radio y televisión, desgraciadamente, todos habían sido interrumpidos durante la ceremonia del bautizo y no se volverían a hacer retransmisiones hasta que el planeta hubiese sido bautizado.

Algunos encontraban que era una pena; eran los que tenían poco sentido cívico, los cuales habrían preferido ver una película del Lejano Oeste o cine policial en lugar de contemplar al presidente-fundador desgranando una letanía de nombres mientras iba pasando las hojas con la lentitud de un caracol baboso o de una tortuga ciega.

Tras haber leído el diccionario al derecho y al revés, el presidente-fundador hizo una pausa para comerse un sándwich de ketchup y beberse en directo una botella de champán entera. La verdad es que este no se privaba de nada.

Su consejero político fue entonces a susurrarle al oído que hasta las mejores cosas debían tener un final. Muy inteligente, el presidente-fundador entendió inmediatamente que no era necesario hacer durar tanto los placeres.

Con el revés de su mano izquierda se limpió los rastros de ketchup que tenía alrededor de los labios, y enseguida con su mano derecha comenzó de nuevo a pasar las hojas, un poco más rápido esta vez.

Perdido entre la multitud, el autor del diccionario suspiró de alivio. Tampoco se trataba de que el presidente-fundador, sin darse cuenta, le manchase alguna página de su diccionario, ya que este debía dirigirse a la biblioteca planetaria y más particularmente a la sala reservada de esta; aquella en la que se conservaban los libros más bonitos del planeta.

De repente, el presidente fundador detuvo su dedo índice sobre el nombre de un planeta. Hay que tener en cuenta que nunca había podido leer un texto sin seguir las líneas con la ayuda del índice de su mano derecha. Durante años sus profesores trataron de que superase esta costumbre ligada al aprendizaje de la lectura, mas ninguno lo había logrado. Mientras estudiaba en la universidad, intentaron hacerle ver que esta manía de seguir el texto con el dedo era un poco infantil, ¿pero acaso esto tenía tanta importancia? Todo el mundo sabe que cada genio tiene sus propios tics.

El nombre que había llamado la atención del presidente-fundador era «luna», que era el nombre del satélite de la tierra; perteneciendo la tierra a una galaxia bastante lejana, aunque tampoco demasiado.

Ese nombre, «luna», le recordaba el movimiento de los labios delante de sus dedos pulgar e índice formando una «o» para hacer burbujas de jabón en su baño. Era su principal actividad de ocio, la que practicaba de manera ambidiestra; es decir que era capaz de hacer burbujas tanto con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda como con los dedos índice y pulgar de su mano derecha. Esta original actividad le había ayudado a obtener la simpatía de los electores y a ganar las elecciones.

¿Pero cómo poder distinguir su propio planeta del planeta luna satélite de la tierra?

Al presidente-fundador le quedaban algunas nociones de ortografía rescatadas del olvido que iban de la mano con este tipo de aprendizaje. De entre la bruma de su cerebro surgió un recuerdo grabado durante su escolaridad primaria, a saber, la diferencia entre las letras mayúsculas y las minúsculas; una diferencia que se le había quedado grabada en su memoria debido a las múltiples páginas de escritura hechas con una pluma Sergent Major, con la fatídica tarea que se hace siempre cuando la página casi se ha acabado y nunca cuando se acaba de empezar, y que después le sirve al alumno para recomenzar numerosas veces la misma página con una línea de mayúsculas, una línea de minúsculas, una línea de mayúsculas, una línea de minúsculas, y así sucesivamente, lo que evidentemente permite conservar recuerdos indelebles sobre la diferencia esencial entre mayúsculas y minúsculas.

Para distinguir su planeta del satélite luna de la tierra, bastaría simplemente con usar una mayúscula. El presidente-fundador recordaba incluso que no debía ponerse una mayúscula delante de una minúscula, sino que se debía reemplazar la minúscula por la mayúscula. Estaba encantado al darse cuenta de que era un hombre tan culto, contrariamente a lo que le decía su familia, que era particularmente despiadada al emitir juicios cuando de asuntos culturales se trataba.

La decisión estaba tomada. El presidente-fundador apartó el diccionario con su mano derecha. Entre la multitud, el autor del diccionario emitió un suspiro de alivio. En el punto álgido de la exaltación, el presidente-fundador habría podido utilizar su mano izquierda para esto, la cual estaba manchada de ketchup.

El presidente-fundador se enderezó y se subió las bermudas multicolor que se habían ido cayendo sobre sus caderas, lo que no daba muy buena impresión. Se estiró la camiseta hacia abajo. Camiseta que había comenzado a ascender, lo que dejaba a la vista las protuberancias de su vientre; algo que tampoco era demasiado serio, sobre todo cuando se les aconsejaba a los jóvenes del planeta no inflarse de sándwiches de ketchup para conservarse guapos y flacos. Se reajustó también el sombrero de copa para que estuviese bien vertical, ya que este se había ido inclinando hacia la izquierda debido a la lectura del diccionario. Adoptó la posición más marcial que hubiese mientras se posicionaba perfectamente recto y metía el vientre cuanto podía.

Acto y seguido, el presidente-fundador tomó el micrófono planetario que un brazo anónimo le tendió; un brazo dorado y musculoso que le hizo empalidecer de celos durante un segundo. Lo que dura un suspiro lo comparó con sus propios brazos rosados y adiposos.

Todos los habitantes del planeta habían dejado de fagocitar sus sándwiches de ketchup y de beberse sus botellas de champán. Muchos se levantaron, lo que, en el estado de ebriedad de algunos, fue toda una proeza.

Incluso los bebés sintieron que iban a vivir un momento excepcional, si no histórico, y durante un momento pararon de chillar de cansancio. Las más coquetas se pusieron rápidamente un poco de pintalabios y se pasaron las manos por sus cabelleras para retirar las briznas de hierba que las sembraban. Los coquetos, a su vez, sacaron de sus bolsillos tubos de gomina, se pusieron un poco en la mano y la restregaron por sus cabellos para que estos brillasen en tal momento histórico. Los jóvenes salieron de los matorrales donde estaban besándose. Los niños pararon durante un momento sus persecuciones en patines. Los perros cesaron de roer los huesos y se sentaron sobre sus dos patas traseras.

Derecho como una «I», el sombrero de copa impecablemente situado en la prolongación de su columna vertebral, el vientre excepcionalmente metido para dentro, las bermudas decentemente subidas y la camiseta estirada hasta las caderas, el presidente-fundador anunció con una voz estentórea: «El planeta se llamará Luna, con una “L” mayúscula, y nosotros los habitantes seremos los Lunianos, con una “L” mayúscula también».

El momento histórico que se contaría en las vigilias y del que se hablaría durante generaciones acababa de producirse.

Todos los habitantes del planeta Luna soltaron las cosas que tenían en sus manos, ya fuesen los pintalabios, los tubos de gomina, los sándwiches de ketchup, las botellas de champán, los patines, la mano de la novia, la mano del novio. Algunos hasta soltaron a sus bebés, lo que es totalmente monstruoso pero, por suerte, todos los cucos se desplazaron para recuperarlos delicadamente.

Entonces, por unas fracciones de segundo, todas las manos se encontraron liberadas para poder aplaudir. Con un mismo ímpetu, desde todos los rincones del planeta, fuertes aplausos «crujieron» durante largos minutos.

Después, los bebés se cansaron de intentar —en vano— hacer chocar las palmas de sus pequeñas manos y encontraron que era más práctico chillar; los perros no aguantaron más la postura derecha sobre sus patas traseras, se volvieron a poner en cuatro patas y ladraron mientras movían la cola; las manos de los amantes volvieron a entrelazarse para celebrar conjuntamente ese momento histórico y sus bocas se unieron en besos apasionados; los niños saltaron de alegría haciendo rondas endiabladas.

Todo esto ocurrió hace muchos años, pero el recuerdo de esta memorable jornada —transmitido de generación en generación— todavía sigue vivo en la memoria de todos. Nicolás se sabía esta historia de memoria, casi palabra por palabra sus abuelos y padres se la habían contado muchas, muchas veces y muy detalladamente.


* El bautizo de un planeta
* Cajones no muy secretos
* El destello verde
* Un esqueleto peculiar
* Dos veces dos pollitos
* Ratones sobre la alfombrilla


Copyright © 2015 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2013/01/03 at 08:57

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