Con B de Biblioteca

Por Marie Lebert, abril de 2011.
Traducido del francés por Alicia Simmross.
Este texto también se encuentra disponible en inglés.

Nos hayamos frente a un relato humorístico sobre mi vida profesional, en Normandía y Jerusalén, a finales del siglo XX, antes de mi encuentro con el internet y de mi traslado a San Francisco. La primera parte está dedicada a la biblioteca de Granville (Normandía), con todo su polvo y sus libros viejos, antes de que se convirtiese en una bella mediateca. La segunda parte trata sobre dos bibliotecas de Jerusalén, con cajas de cartón en una y con ordenadores en la otra. El relato está inspirado en uno antiguo publicado en L’Autre Journal, una revista impresa. Está dedicado a mis colegas; a los que tuve en el pasado y a los actuales.

Granville, el polvo y los libros viejos

Granville, a pesar de su nombre, no es una gran ciudad [juego de palabras que hace referencia a estos términos en francés: Gran-ville, Grande-ville = Gran-ciudad], solo tiene alrededor de unos 15.000 habitantes. Todos los que pasan por ahí acaban enamorándose de ella sin saber muy bien por qué. Allí encontramos esquisto, granito, arena, rocas, un puerto y mucho viento, gaviotas y olas. El corazón de la Haute Ville (Ciudad Alta) es la plaza Cambernon –Cambernon era un médico–, en la que hay negocios y un gran Mercado de pescados con tres soportales y una austera arquitectura de granito.

Es ahí. ¿Es ahí? Sí, el Mercado de pescados se ha transformado en una biblioteca. ¿Existe en algún otro lugar del mundo una biblioteca en un mercado de pescados? Vitrinas laminadas que se limpian desde el exterior con chorros de agua; piedras de granito gris sobre las cuales los niños no pueden dibujar; una inmensa puerta pintada con una consistente pintura verde botella. Hubiera preferido que la puerta fuese más pequeña, debido al aire gélido que entra en el edificio durante el invierno, pero no fue posible. También me hubiese gustado que los azulejos fueran de un verde no laminado, para que hubiese más claridad, y para que desde el interior se pudiese ver la plaza y desde el exterior los libros, pero esto tampoco fue posible. También me hubiera gustado que las ventanas pudiesen abrirse y cerrarse, como toda ventana digna de este nombre, pero estas habían sido cerradas definitivamente desde hacía muchos años; desde que se habían pintado de nuevo y la pintura beige había actuado como cemento sobre su perímetro.

La biblioteca-mercado de pescados tiene cuatro pisos: la planta baja con el servicio de lectura pública, el primer piso con libros viejos sobre las estanterías, el segundo piso con libros viejos en cajas de cartón, y el último –o desván– con diarios oficiales. La superficie total del edificio es de 75m2. La planta baja está unida al primer piso por una simple escalera en la que la madera, muy resbaladiza, había sido recubierta con una moqueta después de una caída muy dolorosa. El primer piso está unido al segundo por una escalera mucho más antigua, con escalones desiguales y mucho más resbaladizos, además de con una rampa que recuerda a las pistas de esquí extremo. El segundo piso queda unido al desván a través de una escalera de molinero situada frente a una ventana interior. En el caso de pisar mal un escalón, saldríamos disparados por la ventana, la atravesaríamos y acabaríamos expulsados hasta la planta baja ipso facto. Estuve a punto de hacer este gran salto varias veces, y pedí entonces que un tabique de madera reemplazase la ventana, pero esto tampoco fue posible. Debéis saber, al igual que yo, que las administraciones a veces esperan a que se produzca el accidente para remediar las situaciones peligrosas.

Es ahí. Entre una gran cantidad de libros y gran cantidad de polvo, mucho polvo; el respetable polvo de los años, según me explicaron. Tragué polvo durante dos años, y jamás había utilizado tanto jabón y detergente como durante ese tiempo; el jabón para el aseo de por la noche, porque se hubiera podido decir que trabajaba en una carbonería, y el detergente para lavar la ropa, a diario, porque esta quedaba negra de toda la mugre acumulada después de las aventuras diarias. Se me había explicado que el polvo es un inevitable acompañante de los libros, lo cual es verdad, pero hay polvo y polvo; cuando es imposible abrir un libro sin que nos cubra una espesa nube, esto se convierte en algo preocupante. Dos años limpiando sin aspirador –ya que el único modelo que había en aquel lugar habría tenido que jubilarse definitivamente mucho antes, así como también la instalación eléctrica– hicieron que odiase hacer la limpieza por el resto de mi vida. Incluso pude hacer un amplio análisis comparativo de la calidad de los trapos para la limpieza disponibles en el mercado, y de la incidencia de sus formas y colores sobre la eficacia del trabajo. En Granville se trabaja, preferentemente, con trapos cuadrados y verdes.

Tras el aseo del siglo llegó la limpieza de las encuadernaciones de los libros antiguos. La fórmula utilizada en la Biblioteca Nacional (de Francia) fue puesta en práctica sobre unos 5.000 libros por Graziella y por mí misma. Tomar unos veinte libros. Pasar un trapo para el polvo sobre las encuadernaciones. Utilizar el trapo verde es aconsejable, pero no indispensable. Untar las encuadernaciones con jabón Brecknell, jabón de talabartería que limpia el cuero y hace resurgir los oros. Después escoger el color indicado dentro de la gama de los tubos de cera Baranne exhibidos bajo nuestros ojos. Vigilar que no sea la cera, sino los tubos, los que están esparcidos sobre la mesa de trabajo. Frotar con un trapo de lana hasta que el libro brille como mil luces juntas –para el trapo de lana no se aconseja ningún color específico–. Solamente después de hacer todo esto pudimos abrir los libros para estampillarlos e inventariarlos, ya que antes hubiese sido imposible pues el cuero estaba tan duro que los hubiéramos roto al abrirlos demasiado. La fórmula de la Biblioteca Nacional es excelente, y así se lo explicaba a nuestros visitantes, los que encontraban que nuestros libros viejos estaban preciosos; prueba irrefutable de que no frotamos en vano. Llegué incluso a hacer una fotocopia de nuestra “receta” para ofrecérsela a los que nos preguntaban por ella. Ahora bien, lo mismo que para la limpieza, no me pidan desempolvar más encuadernaciones; tampoco lo haría para aquellas que han sido cargadas por el peso de los años, para las que son muy lujosas o para las que son obra de los más grandes encuadernadores. Con esos dos años frotando fue suficiente.

Acabo de hablar de fotocopias, y una pregunta os debe estar atormentando: en la biblioteca no había ni un solo aspirador, ¿cómo es posible que tuvieran una fotocopiadora? Efectivamente, la cosa es que este aparato moderno hizo su aparición en la biblioteca un tiempo después, cuando yo ya no estaba. En “mi” época llevábamos los documentos hasta el centro de la ciudad y utilizábamos la fotocopiadora del ayuntamiento, después de “haber tomado la vez” y haber esperado en la fila a que nos tocase el turno. Los artículos de los periódicos locales encuadernados por año, o por dos o tres años, nos daban unas mañanas tremendamente “físicas”. Vayan a ver las colecciones encuadernadas del Granvillais, del Journal de Granville o de La Manche Libre [Granville se encuentra situada en el departamento de La Manche], y entenderán. ¿Pero qué no haríamos por nuestro público?

Otro recuerdo que me atormenta de mi trabajo en Granville es el del arreglo que hicimos en el desván. Me habían jurado que este estaba vacío y, contrariamente a mis buenas costumbres, no había ido a verificarlo con mis propios ojos. Así que de repente, un buen día, los Servicios Municipales tuvieron que venir a tratar la armazón del edificio contra los bichos de la más diversa índole que reinaban allí desde hacía mucho, y no fue hasta ese momento que tomé verdadera conciencia de la dimensión del desastre, cuando subí y tuvimos que envolver una gran cantidad de documentos bajo una cubierta de lona para evitar que estos también fueran tratados como la armazón. Había allí centenares de libros, revistas y afiches… justo cuando acabábamos de terminar la limpieza del siglo en los otros tres niveles. Estuve a punto de llorar.

Un nuevo pedido de trapos verdes para la limpieza del taller municipal y el desván comenzó a vaciarse de sus diversos tesoros; tesoros que fueron trasladados al museo de la Vieja Granville –destinado a los documentos no impresos (arpones para cazar ballenas, lanzas africanas, sellos, monedas y otros objetos heteróclitos)–, o tesoros que descubrí con estupefacción, como aquellos antiguos afiches plegados en ocho, en 16 o en 32, coloreados, inmensos: afiches de carnaval, afiches de regatas, afiches de grandes fiestas locales y regionales y afiches del 14 de julio (día de la fiesta nacional en Francia), todos en un estado catastrófico, pegados con celo, rotos, sacados de un largo sueño. Era precioso, parecía estar dentro de la caverna de Ali Baba; con polvo de más y lingotes de menos.

Otro de los episodios memorables fue el de los ratones. Me habían avisado que la biblioteca era uno de sus espacios preferidos para jugar. Me había sorprendido un poco la placidez con la que me habían anunciado esta noticia, y me había preocupado por esta inoportuna presencia. Pero, como con el resto, al parecer siempre había sido así. Adopté un gato, pero este prefirió saltar sobre los tejados de la Ciudad Alta con los demás gatos del barrio, algo que es totalmente comprensible. Después fue el turno de las trampas, que no sirvieron para nada, y después del de los granos de naranja preconizado por los Servicios Municipales, que supuestamente debían matarlos rápidamente pero que no mataron absolutamente nada. Sin embargo, los ratones finalmente se cansaron y desaparecieron de la circulación, todavía me pregunto cómo, pero fue sin duda debido al trajín que había en los pisos del edificio.

Fíjense que a los ratones les gustan particularmente los periódicos oficiales. Siempre imaginé el día en que el alcalde me pediría un periódico oficial en el que justamente el texto del decreto que necesitara hubiera desaparecido al ser devorado por un ratón –periódico que hubiese sido la prueba irrefutable para apoyar mis quejas– pero, desgraciadamente, el caso nunca se produjo. Después, excedida por los paquetes de periódicos apilados horizontalmente y sujetos con la ayuda de un viejo hilo de cáñamo beige, siempre demasiado corto para enredar más la dificultad, utilicé las colecciones de la Cámara de Comercio, situada en la calle Lecampion, cerca del puerto. Estas colecciones tenían dos grandes ventajas respecto a las nuestras: por un lado, estaban ordenadas dentro de cajas de cartón, y por otro estaban clasificadas verticalmente. El hecho que fuesen prácticas a la hora de utilizarlas me llenaba de satisfacción y felicidad.

Volviendo a mi Mercado de pescados, hasta ahora no he contado aún que la biblioteca se encontraba sobre un pozo. Un pozo lleno de agua, sellado con una gran circunferencia de cemento cuando los libros reemplazaron a los pescados. Un problema de humedad, dirán ustedes; lo que no era un problema para los pescados, se convierte inevitablemente en uno para los libros. Una reflexión muy adecuada; la cual también se aplica a la temperatura. Me costó cinco años obtener una calefacción digna de este nombre. En mis raros momentos de descanso me sentaba sobre la única calefacción que más o menos funcionaba, un gran cubículo naranja y marrón relleno de ladrillos refractarios sobre el cual se podían posar las nalgas sin riesgo de quemarse, lo que permitía verificar, si es que había necesidad, que el calor que desprendía no era excesivo.

Así como para tantas otras cosas, hubo que esperar la buena voluntad del ayuntamiento. Finalmente esta se manifestó después de que el nuevo alcalde adjunto, encargado de los asuntos culturales, verificase él mismo, después de varias reuniones en nuestros locales, que mis consideraciones sobre el frío que hacía allí adentro no se debían a mis estados de ánimo, sino que se debían evidentemente a las bajas temperaturas que indicaba el termómetro. Después tuvimos que esperar los créditos (financieros), palabra fatídica que salía al menos una vez al día por nuestras bocas. Y finalmente las estufas llegaron justo unos días antes de mi partida de esta ilustre “casa”. Más tarde, haciendo una visita de cortesía, pude verificar “en mis propias carnes” que allí dentro hacía calor y que ya no era necesario ponerse cuatro chaquetas, ni dos pares de medias debajo del pantalón, para poder sobrevivir durante los meses de invierno. La gente del barrio ya no debía llevar al personal ni limones ni medicamentos homeopáticos contra la gripe, como se daba el caso cuando un resfrío o una bronquitis me atenazaban y me preguntaba a mí misma cómo era posible que fuese a resistir hasta las 19h o si sería capaz de abrir la biblioteca al día siguiente. El servicio público antes que nada.

La biblioteca era un lugar que se asemejaba a una larga suma: Mercado de pescados + pozo sellado + polvo + frío + desván + ratones + otros. Pensaba haber caído sobre la excepción de las excepciones, sobre el caso único en la Francia de la época; la última biblioteca municipal sin novedades y sin servicio de préstamo, la biblioteca que debía ser salvada después de haber pasado cien años descuidada, así que me convertía en una Indiana Jones de ese modesto lugar. Sin embargo, varias de las personas que se pasearon por allí me aseguraron que este caso era menos excepcional de lo que creía. Y a pesar de los otros casos de lugares húmedos y mugrientos que me fueron descritos para demostrarme que eso también ocurría en otros sitios, sigo convencida de que la suma de los problemas comentados más arriba es bastante excepcional.

Ahora nos trasladamos una década después. La biblioteca servía básicamente para todo, además de para el préstamo de libros y para documentarse. Ya habíamos superado “la época de las cavernas”, había un servicio de préstamo de 5.000 libros y revistas, un pequeño sector para los niños, una sala para estudiar con un archivo normando, un archivo marítimo, documentos iconográficos y archivos municipales. Los afiches del desván habían adquirido entretanto una nueva juventud. Por supuesto que el espacio era muy pequeño, equivalía a una biblioteca de barrio, pero tenía el mérito de existir y de funcionar bastante bien.

Más tarde diversifiqué un poco nuestras actividades, ya que con los créditos asignados no se podían comprar suficientes libros. Entonces… Entonces la biblioteca fue también usada como sala de reuniones, como centro cultural, como almacén para los afiches de diversos espectáculos, como secretaría para distintas asociaciones, para mí como notaria pública, como sala para los espectáculos para niños, como cabina para la sonorización de la fiesta del 14 de julio, como tienda ocasional para las comidas o los lotes de la fiesta de la Ciudad Alta en agosto, como buzón para bastantes personas, y no sigo…

Si era posible recibir llamadas de cualquier parte de Francia, desde allí no se podía más que llamar por teléfono a gente dentro de la comuna. Para hacer llamadas al exterior debía bajar caminando hasta el ayuntamiento, al centro de ciudad. Casualmente, mi interlocutor solía estar ausente “por unos minutos”, o si no la línea estaba ocupada interminablemente. Se dice que el tiempo es dinero. Allí no. Tuvieron que pasar cinco años de conversaciones para poder adquirir una línea telefónica normal. Las discusiones sobre la creación del servicio de préstamo de la biblioteca duraron dos.

Tendría todavía mucho que contar; historias sobre donaciones y sobre proyectos de mudanzas; quizás en otra vida será. Cuando entendí que el local cerca del ayuntamiento –que podría haber sido una biblioteca para niños– finalmente se convertiría en un restaurante para ancianos; cuando entendí que una mudanza al centro de la ciudad formaba parte de “proyectos para un futuro”; cuando entendí que el financiamiento continuaría siendo el mismo; cuando entendí que solo seríamos una persona y media las que nos ocuparíamos de hacer funcionar el proyecto; cuando entendí que el ayuntamiento no tenía la intención de contratar una reemplazante para que yo pudiese tomarme las vacaciones acumuladas a lo largo de cinco años, entonces decidí alejarme de allí e irme a buscar la vida a otra parte.

De todas maneras esperé a que “mi” ayudante bibliotecaria obtuviese el trabajo a tiempo completo, a que se entregasen las estufas y fuesen instaladas para el invierno siguiente, y a que la línea telefónica pasase de ser una reducida a una normal. Todo esto tomó unos ocho meses más. Evidentemente, la situación seguía sin ser de las mejores para la nueva bibliotecaria, pero al menos “los tiempos heroicos” ya habían pasado.

Unos colegas me dijeron que hacía falta una década para que las cosas cambiasen. Deben estar en lo cierto. Pero yo ya había cumplido, y cinco años y dos meses me parecían ser suficientes. Martine tomó el relevo, asistida después por Patricia, con mucha más paciencia y diplomacia de la que yo jamás podría tener. Claire llegó mucho más tarde, para administrar el cambio de “pequeña biblioteca” a “mediateca grande”.

[En 1991, la biblioteca contrató a tres personas a tiempo completo, ya no se supo dónde se debían ordenar tantos libros, y la mudanza seguía siendo un proyecto a largo plazo. En 1998, la biblioteca dejó la Ciudad Alta para convertirse en una bella mediateca en el centro de la ciudad. En 2011, la mediateca tiene contratados a 12 empleados.]

Respecto a mí, como dice la canción, “tomé mis cosas y me fui”, llorando a más no poder porque dejaba atrás Granville, y a la vez tranquila de dejar de una vez ese mercado de pescados para ir a recorrer el mundo. Mis pies me llevaron primero a Londres para hacer una “cura de sueño”, después a París para sacar a flote mis economías, y finalmente a Jerusalén para seguir con mi trabajo. Elegí esta hermosa ciudad por razones humanas, no religiosas –ya que no soy creyente–, y trabajé allí para todas sus comunidades; la armenia, la cristiana, la etíope, la judía, la musulmana, y otras; al no tener fronteras el mundo del libro.

Jerusalén, cajas de cartón y ordenadores

Eran las 17h y, saliendo del avión, me dirigí hacia la Alianza Francesa de Jerusalén. Más exactamente, al salir del avión no vi a las personas que se suponía debían esperarme ya que se habían ido al llegar el avión con mucho retraso. Tomé entonces un taxi colectivo durante 50km y este me dejó en la Ciudad Nueva, en lo alto de la calle Agron, frente al supermercado. No tenía más que cruzar la calle para llegar a la Alianza; un gran casa baja de un piso. En la primera planta, la biblioteca, la sala polivalente y el café-restaurante. En el primer piso, cinco salas para las clases. Al fondo del jardín, una pequeña casita que alberga la administración.

El año anterior el director había lanzado en Francia la operación “Diez mil libros para Jerusalén”, y estos libros –básicamente compuestos por donaciones– habían hecho el viaje Marsella-Haïfa por vía marítima. Se los estuvo esperando para mediados de diciembre, pero su llegada se había retrasado hasta los primeros días de enero. Así, después de haber establecido una falsa salida el 14 de diciembre, salí desde Orly (uno de los aeropuertos parisinos) el 5 de enero por la mañana en un vuelo chárter. Las 240 cajas llegaron exactamente el mismo día que yo. Si lo hubiésemos querido hacer coincidir, no lo habríamos logrado.

Jerusalén es la ciudad de las murallas y de los edificios de piedra blanca, es la ciudad de las siete colinas y de las tres grandes religiones, la ciudad cosmopolita donde se yuxtaponen costumbres y tradiciones, la ciudad de las hileras de luces amarillas brillando en la noche. También es la Ciudad Vieja de los cuatro barrios; el musulmán; el judío; el cristiano y el armenio. Es Jerusalén Oeste y Jerusalén Este. Es la calle Jaffa que atraviesa la ciudad desde una punta hasta la otra, desde la puerta de Jaffa hasta la estación central de autobuses. Es la ciudad de los conflictos, la ciudad eterna.

En Jerusalén, como en cualquier otro lado, no se pueden cortar las cajas de cartón con la mano; pero lo peor que jamás he hecho fue en Jerusalén, el 6 de enero. Las 240 cajas de cartón, que contenían alrededor de 10.000 libros, formaban un gran cúmulo en el centro de la biblioteca. Se había previsto llenar todos los estantes de la entrada y los del entresuelo para la inauguración, que tendría lugar un día después. Evidentemente, ver todos los libros alineados en los estantes, aunque hubiesen estado totalmente desordenados, iba a dar otra impresión que la de tener que contemplar un montón de cajas de cartón, de todas las dimensiones posibles, apiladas las unas sobre las otras. Aunque la verdad que no sé si este “detalle” hubiera tenido realmente tanta importancia para las autoridades.

Por suerte, éramos todo un equipo y, a lo largo del día, las personas que se cansaban eran sustituidas por otras que estaban llenas de energía. Trabajamos durante 12 horas de corrido. Abríamos las cajas con un viejo cuchillo de cocina que habíamos rescatado, o bien con un cúter naranja que debía haber servido para recortar la moqueta durante su instalación, ya que las autoridades competentes todavía no habían tenido tiempo para comprarnos unas tijeras. A lo mejor tienen la suerte de haber vivido esto en directo con el programa radial “France Culture”. Se escuchaba a través de las ondas el rechinar del cuchillo de cocina sobre el cartón, el ruido al desenvolver los libros, y el ruido de la colmena zumbando ordenando indistintamente Sartre al lado de libros de aeróbic, Camus junto a la guía jurídica, la Biblia junto a recetas de cocina… Hubiéramos preferido que los periodistas nos ayudasen, pero supusimos que la idea no les iba a tentar. En cuanto a la yuxtaposición Sartre-aeróbic, esta me valió unos cuantos comentarios el día de la inauguración sobre el método clasificatorio utilizado en nuestra biblioteca. En un día no nos había dado tiempo para utilizar la Dewey; el sagrado método clasificador de las bibliotecas públicas.

La biblioteca de la Alianza está bien ideada, con una sala en la entrada y un entresuelo sujeto por unas columnitas negras, todo con estantes de madera blanca laminada hechos allí mismo a un precio mínimo. Algunas mesas, algunas sillas. Finalmente no rellenamos los estantes más bajos porque elegir libros estando acostado no es lo ideal. Tampoco rellenamos los que estaban más arriba, ya que no todo el mundo mide 1’80m. Como las tablas de los estantes no eran muy gruesas –economizando, economizando–, les dábamos la vuelta de vez en cuando para evitar que se aboyasen de un solo lado. Respecto a cambiar la altura de los estantes, esto era una actividad que tomaba como mínimo media hora, ya que los bloques estaban demasiado bien afirmados en los agujeros donde se suponía que debían ir. Seguramente los obreros los habían introducido a martillazos. Así que finalmente nos dimos por vencidos. ¡Y que vivan los muebles concebidos por profesionales para los profesionales!

A pesar de no estar situada en el territorio francés, la biblioteca se había contagiado con el famoso virus “amontonamiento de libros viejos” que afecta a tantas y tantas bibliotecas francesas. Tenía apenas unas horas de vida, y nuestra biblioteca ya estaba llena de esos libros viejos que seguramente la gente había donado para deshacerse de ellos. Traté de explicar que entre esos libros viejos había que saber distinguir entre los que eran simplemente papeles inservibles y los libros que pudiesen ser de interés, y que un bibliotecario también estaba para eso. Nada que hacer. Imposible deshacerse de ellos. Imposible vendérselos a otras bibliotecas. Imposible venderlos por el precio del papel. Aun así, me negué a clasificarlos. No había recorrido 4.000km para clasificar libros que jamás serían leídos.

Incluso sin deber clasificar todos esos viejos papeles, fueron dos meses de intensísimo trabajo. Posé mis ojos sobre esos libros el 8 de enero, y no levanté la vista hasta el día de la apertura de la biblioteca, el 3 de marzo, una vez todo estuvo listo. No exagero casi nada. Después de andar durante tres semanas insistiendo tras el director, al fin conseguí que se contratara a una primera estudiante, y después de volver a insistir durante otras tres semanas, también conseguí que se contratara a una segunda. Fortalecimos los libros y las revistas con plástico adhesivo e hicimos la lista de estos primeros en un tiempo récord –nos la íbamos dictando–. Por momentos incluso encontrábamos que recitar en voz alta los títulos, unos tras otros, constituía el más bello de los poemas. Intentadlo, vais a ver.

A los libros se les pide que se queden tranquilamente alineados y ordenados en el estante correspondiente. Creerme, la vida de un libro de biblioteca no tiene ninguna gracia. Jamás puede permitirse las fantasías de un libro de librería. Tiene que conformarse con la clasificación sin piedad representada por la etiqueta que tiene en la espalda, la cual debe durar toda su vida. Si un libro pierde su etiqueta, entonces nos quedamos frente a él completamente perplejos durante unos segundos, o incluso angustiados cuando llega el fin de la jornada. ¿Dónde vamos a poder colocarlo, a este? No solo tienen que estar ordenados, sino que a veces son sometidos a una terrible falta de aireación por parte de los bibliotecarios principiantes. El inevitable error de los primeros días consiste en apretar tanto los libros que el lector es incapaz de sacar uno sin aplicar un esfuerzo sobrehumano, llegando incluso a abandonar la idea de tomarlo dada la complejidad de la operación.

Una de las primeras tareas esenciales de un bibliotecario es el estampillado; la primera de las operaciones a la que es sometido un libro nuevo. No es necesario estampillar todas las páginas; salvo que amemos realmente hacer esto. Unos tres o cuatro estampillados por libro es una buena media. En la Alianza Francesa de Jerusalén estampillamos 10.000 de golpe, si se me permite usar esta expresión. Lo que da una multiplicación de cuatro golpes por 10.000 obras; 40.000 estampillas con un único sello. ¿Cómo es posible entonces que se me haya tratado, en algún momento, de “presupuestívora”?

Otra operación con la que estuvimos a punto de atosigarnos fue la de la plastificación; palabra fatídica que nos hacía ponernos furiosos a comienzos del mes de marzo, de tan cansados que estábamos. Tras varias experiencias normandas más o menos concluyentes sobre los rollos de plástico –pequeños, medianos y grandes–, ya no confiaba más que en el plástico adhesivo. Y por esto encargamos a Francia un stock de diez rollos de 1.40m sobre 10m que recortamos en bandas. La táctica para las bibliotecas sin dinero –este todavía era el caso para la nuestra, al menos al comienzo–, es de cinco bandas por libro o revista; dos bandas sobre las bisagras internas entre la cubierta y el cuerpo del libro, dos bandas sobre los bordes laterales de la cubierta, y una banda más larga para la contracubierta después de haber pegado en ella la etiqueta identificativa. Para los libros encuadernados, con una banda para cubrir la etiqueta era suficiente. Una estrategia simplemente tan eficaz como económica.

Una práctica muy recurrente en las bibliotecas del siglo XX es el mecanografiado de las fichas Bristol. Éstas generalmente tienen las siguientes características: color blanco, un largo de 125mm y un ancho de unos 75mm, con una perforación en el centro de la parte de abajo. La perforación no tiene un objetivo estético para “romper” esta superficie uniforme, sino que tiene una utilidad específica cuando la ficha pasa a formar parte de un fichero durante la operación denominada “intercalación”, la cual, como su nombre indica, consiste en arrastrar las fichas nuevas al lugar que les corresponde, ya sea en un orden alfabético o sistemático. En cada cajón se desliza entonces una varilla en las perforaciones de las fichas para evitar una catástrofe si el fichero se cae; caída que debe evitarse a toda costa cuando se retira esta varilla a la hora de realizar la intercalación.

Todos hemos sentido, en algún momento, gran admiración frente a las inmensas casillas de madera de los ficheros con múltiples cajones atiborrados de estas fichas. Y generalmente esta admiración solo dura unos pocos segundos ya que debemos entonces superar dos obstáculos. Primer obstáculo: llegar a consultar las fichas que buscamos en cierto cajón. Estando el cajón abarrotado, debemos entonces sujetar fuertemente con una mano el lote de fichas que no nos interesan, y con la otra consultar ficha a ficha aquellas que nos interesan. No me preguntéis cómo algunos llegan incluso, en un movimiento simultáneo, a tomar notas mientras tienen ya las dos menos ocupadas: algo que intenté alguna vez, pero fracasando. Segundo obstáculo: encontrar las fichas que contienen información útil. Algunas fichas no solo entregan una descripción de los libros, sino que son verdaderas novelas. Ansiábamos que la informática nos simplificase todo esto al entrar en el nuevo milenio, pero este no ha sido el caso.

Tras esta breve digresión volvamos a la biblioteca de la Alianza. Hicimos el catálogo sobre un procesador de textos, lo imprimimos y lo encuadernamos. Parece muy simple; pero no lo fue tanto. Primero, el catálogo mecanografiado, pero no impreso, fue borrado por un descuido del informático, el cual no había hecho ninguna copia; lo que consistía en ese entonces en realizar una copia de seguridad en un disquete o en una casete. Diez segundos para borrar todo un mes de trabajo intensivo. Algunas semanas después, tras haber superado un desaliento comprensible, tecleé de nuevo el catálogo sobre un procesador de textos y lo imprimí de inmediato. Este catálogo no era más que una etapa provisoria, con una o dos líneas por libro (autor, título, editor, colección, año y código). Tras varios meses de funcionamiento, había que clasificar de nuevo las colecciones, sacar los libros que no le interesaban a nadie, y “limpiar” inmediatamente el catálogo. Una simple manipulación del informático permitiría, más tarde, transferir el catálogo a una base de datos. Esto, por supuesto, sin tener en cuenta alguna fatalidad. Un segundo “desfallecimiento” del catálogo nos esperaba, esta vez debido a un programa pirata. Los empleados de la biblioteca partieron desde cero de nuevo para colgar el catálogo en una base de datos. Hicimos tres veces la introducción de los datos de un catálogo de 10.000 libros, ¿quién puede decir algo mejor?

Con el nuevo director, la biblioteca se vio enriquecida con una videoteca, los libros viejos desaparecieron de los estantes, se compraron muchos libros nuevos y la colección de revistas y periódicos se amplió. Pero seguía quedando mucho por hacer: reclutar a un bibliotecario profesional, archivar y clasificar los documentales, autorizar el préstamo a domicilio de las revistas, crear una verdadera sala de documentación con diccionarios y enciclopedias, poner una marca distintiva (como una etiqueta roja, por ejemplo) sobre los libros de lectura fácil, –siendo la Alianza antes que nada una escuela para el aprendizaje del francés–, poner otra marca distintiva (como una etiqueta azul, esta vez) sobre los autores traducidos al francés, comprar libros con letra grande, etc. [La Alianza cerró sus puertas en el año 2000. Solo queda esperar que todos esos libros se hayan integrado a otra biblioteca.]

La biblioteca de la Alianza representó para mí tres meses de trabajo intensivo, más una visita semanal durante unos cuantos meses más a los estudiantes que habían quedado a cargo de ella. Fue un trabajo de voluntariado, en el sentido israelí del término: con un alojamiento asegurado, dinero para las comidas y otros gastos indispensables, y con un viaje chárter de ida y vuelta. Todo esto correspondía a un sueldo nacional. Algunas personas me dijeron que jamás habrían aceptado trabajar en esas condiciones, olvidándose que cada uno puede elegir si prefiere trabajar con un sueldo del país adonde va o con el sueldo de los franceses del extranjero, y si prefiere además vivir con los habitantes del lugar o si prefiere frecuentar el medio consular. Además, el voluntariado es, para los extranjeros no judíos, la única manera de trabajar en Israel. Es complicado obtener un permiso de trabajo en ese país, salvo en dos excepciones: si se es un médico o enfermero, o si vuestro empleador se pelea durante semanas para obtener el bendito permiso. Yo no hacía parte de ninguna de estas dos excepciones.

Después del trimestre que pasé en la Alianza, encontré otros contratos de trabajo. De hecho, durante tres años tuve varios contratos con la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa (EBAF) de Jerusalén para informatizar el catálogo de su biblioteca, aun sin ser creyente ni practicante; prueba indiscutible de la amplitud de espíritu del equipo que allí trabajaba. La EBAF está situada en Jerusalén Este, en la carretera de Nablus, en una calle perpendicular al muro noroeste de la Ciudad Vieja y que nace en la puerta de Damas. Una vez atravesado el gran portal gris, es un lugar bastante idílico, con unos árboles enormes; un lugar muy verde, con un claustro, un jardín, una iglesia, un convento dominicano, un centro arqueológico, una escuela de estudios bíblicos y una biblioteca. Y justamente esta escuela, que celebró su centenario en 1990, es el instituto bíblico más antiguo de Tierra Santa.

La que allí se encuentra es una gran biblioteca especializada en la Biblia, la arqueología y el Medio-Oriente, contiene más de 100.000 libros y 400 publicaciones periódicas en numerosas lenguas. La biblioteca se sitúa en el antiguo refectorio, dividido longitudinalmente en dos para obtener dos niveles, las estanterías de madera del nivel inferior sosteniendo a la vez el piso y los estantes de madera del nivel superior. Este nivel superior alberga cinco secciones: la general, Tierra Santa, Biblia, religión y arqueología. A lo largo de las ventanas, 64 oficinas están equipadas de estantes, lámparas y radiadores eléctricos (no siempre hace calor en Medio-Oriente). El nivel inferior, a su vez, alberga tres secciones: historia, viajes y literatura. El acceso a esta biblioteca está reservado a los investigadores certificados y con referencias.

Cuando visité por primera vez el lugar, paseándome, me sedujo la gran claridad del catálogo de su biblioteca; un catálogo a la vez especializado y conciso en sus prospectos, y completo en sus entradas. Catálogo que es una obra conjunta de 35 años de vida de un documentalista dominicano y de otros 12 años de vida de una documentalista laica. Un trabajo colosal, un catálogo totalmente alfabético que consta de 12 volúmenes, comprado como obra bibliográfica de referencia en el mundo entero. Un catálogo realizado de manera totalmente artesanal, y actualizado anualmente con la introducción –con cúter y celo– de los nuevos prospectos en las bandas de papel de la edición precedente –un verdadero encaje–; después compuesto por páginas dobles; fotocopias de varios ejemplares del nuevo volumen; una verificación de la paginación para cada ejemplar; y finalmente una encuadernación en un taller de la Ciudad Vieja. Y todo esto, anualmente, para cada uno de los 12 tomos que tiene el catálogo.

Comenzado en 1953, este catálogo sufrió varias reorganizaciones y mejoras a lo largo de los años, y ahora comenzaba su carrera informática. El servicio del catálogo acababa de recibir un ordenador del CNRS (Centro Nacional de la Investigación Científica, París), pero sin ninguna misión para instalarlo. Entonces, tras un acuerdo con las autoridades competentes de la Escuela, formamos un pequeño equipo in situ, con un informático y dos operadoras para la entrada de datos. Mi trabajo consistió en el análisis, el juego de pruebas, en cientos de horas de introducir los datos de los prospectos de los libros y artículos, en la formación de las dos operadoras, en el mecanografiado del tesauro y finalmente en la corrección de las entradas del catálogo informático al cabo de tres años de funcionamiento.

Los dos documentalistas –llamados El Jefe y Marie-Jo, y ambos provenientes de Normandía– eran fantásticos; formados por años de estudio y práctica, interesándose por todo y abiertos a todas las recomendaciones que se les hacía. El equipo se daba unos cinco años más de trabajo, pero las cosas se complicaron… Una gran cantidad de dinero asignada al equipo del catálogo se vio afectada por otros gastos mientras que solo contábamos con dos ordenadores para seis personas –casi había que trabajar por turnos–, sin hablar del gran trabajo de los documentalistas; que era totalmente ignorado por las autoridades competentes. Entonces todo dio un vuelco. Muy decepcionados después de tantos años de trabajo, ellos se marcharon y fueron reemplazados por otros documentalistas con menos experiencia. Y ya que cada uno tiene la libertad de elegir con quién trabaja, no renové entonces mi contrato en la Escuela Bíblica, pero mantuve el contacto con El Jefe y Marie-Jo, los cuales, de regreso en Normandía, entregaron su inmensa cultura al servicio de otros organismos.

Jamás había tecleado tanto como el tiempo que pasé en Jerusalén. Me acordaré de esta como la ciudad del mecanografiado: el catálogo de la biblioteca de la Alianza francesa (10.000 títulos) dos veces, el catálogo de las obras de ficción de la biblioteca del Instituto francés de Tel-Aviv (10.000 títulos) una vez, una parte del catálogo de la EBAF (algunas decenas de miles de títulos; imposible contarlos exactamente), el tesauro de esta biblioteca (60.000 entradas), dos tesis, una novela, una autobiografía, una traducción, folletos, informes, proyectos, artículos… y no sigo contando. Tres años de mecanografiado; un buen sustento que me permitió escribir la memoria del DEA (Diploma de Estudios Avanzados) que estaba cursando. Pero eso sí, ahora, punto final y remate, no me pidáis introducir más datos de lo que sea, si no son los de mis libros o los de mis artículos.

Desde hace diez años suelo tener la impresión de trabajar en el fondo de una caja de zapatos grisácea. Desde hace diez años tengo sobre todo la impresión de haber malgastado mucha energía para obtener pocos resultados. Creo que me voy a cambiar de profesión.

Y efectivamente cambié de profesión al comenzar el nuevo milenio para interesarme entonces por el libro digital.


Muchas gracias a Carmen Osuna y a Ana Llorente por la atenta lectura de esta traducción.


Copyright © 2011 Marie Lebert (texto) & Alicia Simmross (traducción)

Written by marielebert

2012/04/11 at 08:28

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